Londres. Tea’s ready!

Hacía casi tres años que no iba a Londres, y de aquélla fue en primavera. Esta vez llegué de noche, y justo después de que el temporal de cada invierno, que los londinenses parecen esperar como algo inevitable una vez al año, barriera la ciudad, lo que me hizo encontrarme una city inédita para mí, más parecida a mi querida y humilde Bucarest que a la siempre orgullosa y multicultural capital del Imperio Británico que yo recordaba: Avenidas y vías principales mojadas y delimitadas por un grueso manto blanco, y todas las callejuelas y vías secundarias llenas de hielo y nieve, peligrosas para el peatón y para el conductor.

Nuevo para mí era el hecho de conducir por el centro de Londres, y cuando quise darme cuenta, el navegador del coche de alquiler me había guiado desde Heathrow hasta algún lugar donde sólo se veían autobuses de dos pisos y taxis londinenses. Al pasar por delante de un gran edificio de tonos rojizos y profusamente decorado con luces navideñas pude situarme, más o menos. Me puse a pensar que era la segunda vez en mi vida que pasaba por estas calles en coche, y que en la primera, yo ni siquiera tenía carnet de conducir y el coche en el que mi padre valientemente nos paseó por el centro de Londres tenía el volante en el lado correcto del habitáculo. Fue sin duda más difícil para él. Aunque por aquél entonces todavía no existían todas las limitaciones actuales para acceder como conductor a Central London, lo cual me llevó a reflexionar sobre si yo, con mi coche alquilado, tenía derecho a pasar por allí, o si las atentas cámaras habrían dado la alerta y la factura llegaría (a quien corresponda) en los próximos días.

Londres cambia. No sé si eso es bueno o malo, pero está cambiando. Recuerdo, sobre todo tras mi primera visita, que me quedó el recuerdo de una mega-ciudad extendida desde las sinuosas curvas del Támesis en las que reposa el HMS Belfast, hacia los cuatro puntos cardinales, pero con casas bajas y edificios no muy altos, con la excepción de algunos en la City de Westminster. Ahora, sin embargo, a las aguas del río se asoman cada vez más moles de acero y cristal, y las correspondientes grúas, of course, que aseguran la continuidad de la tarea. El perfil de Londres, antes inconfundiblemente definido por el Big Ben, las casas del Parlamento y la cúpula de San Pablo, comienza a asemejarse peligrosamente al de las grandes megalópolis asiáticas. Parece como si, una vez pasados los años necesarios para recuperarse de la pérdida de la penúltima de las colonias, la metrópolis quisiera ahora emular lo que dejó allí. Pérdida de personalidad, me temo. A este paso, todas las grandes ciudades del mundo serán lo mismo. Globalización, una vez más.

Lo que más me gusta de trabajar en Gran Bretaña es el té. Tras varias ocasiones en mis últimas visitas a las tierras de su Graciosa y Longeva Majestad, en las que mi memoria de pez me traicionó y volví a pedir café, por fin en mi cerebro se ha instalado la regla de oro: nunca pidas café en el Reino Unido ( y esto incluye Irlanda del Norte). Así como los italianos tienen la virtud de preparar un café exquisito en cualquier lugar, gasolineras incluidas  Los británicos poseen la habilidad de hacer un café repugnante aunque usen la mejor cafetera expreso del mercado y los mejores granos de café de Colombia. Así que no sé sí será por gusto o por obligación, pero me encanta el té en Inglaterra. Más que el té, me gustan las costumbres que alrededor del mismo se han instituido. Porque es muy agradable encontrarte siempre, en cualquier hotel o albergue al que llegas, el set de tés y el kettle para calentar el agua. Y me gusta que cualquier sitio al que llego, siempre me ofrecen una taza de té. Y lo mejor es que sólo tienen que preguntarte una vez cómo te gusta, porque en las siguientes ocasiones –“Fernando!, tea’s ready!”– te lo encontrarás ya servido, y con la cantidad de azúcar y leche que estableciste en la primera ocasión.

El té se disfruta lentamente. Sobre todo estos días en los que hace frío. Se usa para calentarte y para pensar en tus cosas desconectando unos minutos del trabajo. Sobre todo cuando no entiendes nada de lo que tus compañeros de té están discutiendo. A eso también me acostumbré en Pekín. Allí también parecían ser conversaciones divertidas pero yo sólo prestaba atención cuando oía mi nombre o xipaña. Ahora, sin embargo, sin duda las carcajadas y la conversación llevan la marca del humor inglés, quién sabe… ¿mejor no entender nada?. Los compañeros son majos, pero no son los Monty Python.

Ya me acostumbré hace tiempo a que “saber inglés” no quiere decir nada por aquí. Cuando llegas a Londres, dan ganas de coger el curriculum y hacerlo de nuevo, y eliminar ese apartado donde escribes “medio-alto” cuando se te pregunta sobre tu nivel de inglés. Queda el consuelo (de muchos, de tontos) de saber a ciencia cierta que su español siempre será peor que mi inglés, por mucho que se esfuercen en hacer demostraciones de lo que aprendieron durante sus vacaciones en Mallorca, Alicante o Málaga. “Unou, dous, thress. cuathro…vintenoueve…pour favour…!” …me dieron ganas de recomendarles esto. Pero ya para rematar, en un momento dado alguien se arranca con “Fernando”, de Abba, exactamente como hacía Geng Chong muchas mañanas en la oficina de Pekín, sólo que estos ingleses conocen y cantan la letra. Dios bendiga a los suecos, que crearon un himno con el que pueden recibirme en casi cualquier parte del mundo.

Los almuerzos son menos satisfactorios que los momentos del té, aunque afortunadamente sólo un día, en dos semanas, he tenido que comer fish&chips. Pero sobre todo se come pollo. “¿Has visto alguna ciudad con tantos restaurantes de pollo como Londres?”, me preguntan. Y es cierto, están por todos los lados. Respondo yo que cada lugar tiene sus cosas típicas y que en Londres debe ser el pollo. “Es verdad, en España tenéis la siesta y los toros”. Ya estamos. Cría fama… ¿Por qué -me pregunto más tarde- nadie habla de lo que duermen los chinos? Porque esos sí que se quedan dormidos de pié, en los parques, en el trabajo (es impagable estar al lado de un compañero de trabajo y verle cómo de repente sin mediar palabra, baja la tapa del portátil, pone los brazos y la cabeza encima y se sumerge en un profundo letargo con ronquidos incluídos),e incluso sentados en un rickshaw Pero no, los que dormimos somos los españoles, esa siesta mítica que poca gente que yo conozca hace regularmente, aunque los médicos no dejen de recomendarla.

En el hotel en el que me alojo (todo un extraño hallazgo en Londres) no me dan té, pero sí una tableta de chocolate de comercio justo 55% cacao y agua de Mondariz, un abotella cada día en mi mesita de noche. En la pared de la habitación hay un retrato de Emiliano Zapata y casi todo el personal habla español. Igual que en Picadilly. Eso sí que no cambia en Londres. Creo que Picadilly, Trafalgar, Leicester…es una de las zonas donde más oyes hablar español sin estar en un país hispanohablante (no vale EEUU, que ya es casi uno más de la hispanofonía). Eros siempre está rodeado de españoles. Y allí quedé yo, como buen español en Londres, con una amiga española. Sólo me falta ponerme a echar la siesta debajo de la fuente. ¡Que nos llevemos la fama por algo! Olé!

Y para llegar hasta allí, coche aparcado y autobús. Porque en Londres siguen funcionando muy bien los autobuses y el metro, eso sí que no ha cambiado. En el caso del tube, algunas estaciones y trenes parece que realmente cumplen los 150 años que celebran estos días. 150 años sin cambios ni renovaciones, excepto en el precio. 2,40 libras el viaje sencillo mínimo, menudo sablazo. Todo sea por tomarte unas pintas en el centro y  no conducir y sobre todo no tener que aparcar.

Mi segunda semana en Londres concluye conduciendo, claro, de vuelta a Heathrow. Ora vez de noche, esta vez con lluvia, poca visibilidad, casi no se ven las líneas ni las indicaciones. No pasa nada, otra cosa buena de los ingleses es que siguen siendo, como aquella primera vez con el 405 de mi padre (carril izquierdo, volante a la izquierda, copiloto atento en adelantamientos y cambios de carril…) menos agresivos que nosotros al volante. Te confundes, rectificas, hasces alguna maniobra extraña….no pasa nada, no te van a fusilar a claxonazos, como mucho alguna ráfaga de luces. Mientras yo me afano por no perder mi avión, en la radio cuentan cómo Beckham ha viajado a París en su jet privado  e incluso se plantea ir a los entrenamientos con el PSG los próximos meses desde Londres cuando haga falta. Hay otra vida mejor. Más noticias: Cameron convocará un referendum para ver si los ingleses quieren seguir siendo los socios privilegiados del club UE. En mi opinión, y según lo que he oído estos últimos días, sí que quiern, pero a a su manera. Como siempre. Pero ésa es otra historia.

Cuando llegué a España y cogí mi coche, no se me hizo raro entrar por el lado izquierda y situarme en el carril derecho de la calzada. ¿Despiste o capacidad de adaptación rápida?

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Esperpento

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Ayer se cumplió un año desde que he vuelto a España.

Y justamente ayer, he tenido la oportunidad/desgracia/ocasión de ver una de esas escenas que te muestran en lo que se ha convertido España.

Fui, por fin, a hacerme la tarjeta sanitaria de la Comunidad de Madrid a un centro de salud, pues ya tenía todos los papeles que son necesarios para ello y mi volante de empadronamiento no había caducado todavía. Eran alrededor de las ocho de la tarde de una tarde de Agosto por lo que no habría, supuse, mucha gente ni mucha cola en la que esperar para realizar el trámite. Efectivamente, cuando llegué había tres empleadas tras las ventanillas y sólo una persona del otro lado. La cosa no podía demorarse mucho, me dije. Tras unos minutos esperando, me di cuenta de que había alguien más. Una niña de unos 7-8 años estaba sentada en uno de los bancos de la entrada, cruzada de brazos , balanceándose un poco, con la mirada perdida y soltando algún débil gemido de vez en cuando.

Cuando me tocó mi turno y me acerqué a la ventanilla, la empleada del centro de salud preguntaba datos a la señora que tenía delante, que no era otra que la madre de la chiguita del banco. Le preguntaba en ese momento dónde se alojaba, a lo que la señora respondió que en un hotel. Cataluña fue la respuesta a la  siguiente pregunta, por lo que imaginé que le preguntaba de qué comunidad venía.

Yo esperaba a que la funcionaria (o no) que hacía mis trámites, se apañase con la informática -la impresora y el Word no se entendían, creo- por lo que presté más atención todavía a lo que ocurría en la otra ventanilla. A todo esto, me llegaban por la espalda los sollozos y gemidos, cada vez más frecuentes, de la niña del banco. La “cliente” y quien la atendía estaban enzarzados en un asunto peliagudo; la catalana estaba alojada en un hotel a dos manzanas del centro de salud, pero no acertaba a saber la dirección del mismo.

La niña gemía y se apretaba los brazos cada vez más contra el abdomen, lo sé porque no pude evitar girarme y mirarla, pues mi funcionaria seguía luchando contra el malvado güindows -seguro que era culpa de Microsoft, con un divino Mac no le hubiera pasado…- y sus lamentos se habían agudizado.

No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Una niña española, residente en Cataluña, de paso (o de vacaciones) por Madrid, en plena crisis de fiebre, no era atendida en un centro de salud español hasta que no se completase todo el papeleo que les daría el derecho de ser admitidos en el mismo como transeúntes (sic). Y el papeleo, por supuesto, no podía ser completado sin la correcta, exacta y precisa dirección del hotel (¿sería para mandarles inmediatamente la factura antes de que atravesasen las fronteras de la taifa madrileña?).

Busqué en el móvil la dirección del hotel y se la facilité.

La familia al completo (el padre se había personado ya, supongo que después de aparcar el coche o algo) fue autorizada a coger el ascensor y subir a ver al médico, que graciosamente les concedería audiencia, supongo que limitada a no más de 15 minutos. Afortunadamente, esta vez, una niña no moriría en la sala de espera de un centro de salud de Madrid porque alguien no sabía la dirección de su hotel.

Según subían me lo agradecieron, al igual que la funcionaria. Yo pude finalizar también mis papeleos y me quedé mucho más tranquilo, pensando en que la tele no siempre miente: Estas cosas están pasando.

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En Navidad, en Palencia

Sólo hay una cosa que no he logrado asimilar y que me ha tenido preocupado y perturbado estas navidades. Lo saben los que han compartido peripecias, viajes, excursiones e incluso vinos y tapas durante estos últimos días porque les he dado bastante la paliza con ello: no logro entender las elevadas temperaturas, los cielos extremadamente azules y el sol espectacularmente brillante que hemos disfrutado en los últimos días de 2011 y primeros de 2012. A pesar de que mi tío, con más experiencia y sabiduría (si es que yo tengo alguna) siempre es optimista al respecto y dice que si no viene ahora, la nieve y el frío vendrán en Enero y Febrero, o incluso Marzo, yo me paro a pensar, me esfuerzo por traer a mi cabeza las imágenes de muchas Navidades pasadas (no creo que haya una sóla en la que no haya hecho al menos una visita fugaz a la Montaña  Palentina) y no recuerdo una cómo ésta. Definitivamente, tomar un café en una terraza de Aguilar de Campóo, pasearse por Renedo de Zalima en mangas de camisa y sudando, ver los árboles brotar, contemplar las cumbres sin apenas nieve…es algo impropio de un veintimuchos de diciembre. Por si esto fuera poco, esa ventana al mundo de tus amigo y conocidos, que es Facebook, me ha permitido observar que el fenómeno es general: desde las cumbres de Sierra Nevada, a los imponentes Cárpatos, todo está gris, verde(!), marrón…en lugar de blanco. En Oslo el 1 de Diciembre los finos hielos que se había formado se derretían y las portadas de los diarios eran grandes letras de estupefaccción.

Pero ya digo que es lo único que me ha inquietado un poco estos días, por suerte. Porque las Navidades fueron un estupendo periplo completamente palentino, o castellano, si se quiere, y eso, después de un 2011 tan movido, es algo que se aprecia de verdad. Como dijo alguien, Palencia es una ciudad muy humana, sólo falta que haya trabajo, pero incluso eso, en los tiempos del teletrabajo, es algo que se puede solucionar, al menos en algunos casos. Lo que no tiene solución ya es lo de vivir en las grandes aglomeraciones urbanas/humanas. Hay que acabar con ese estilo de vida, no es normal tener que estresarte pensando en la manera de evitar un gran atasco cada fin de semana, y no digamos ya el de la Operación Salida de Navidad. Este año, como nuevo residente en una de esas aglomeraciones, Madrid, tuve que hacer como el resto, y planificar mi salida de la capital de manera que ésta no me supusiera pasar horas metido en un atasco y llegar de mala leche para empezar las Navidades. Afortunadamente lo logré, cosa que no podrán decir muchos, obligados por trabajos y otros compromisos a abandonar la capital con el resto de la manada.

He tenido la ocasión de vivir, sufrir y disfrutar en ciudades grandes, en ciudades muy grandes, y ultimamente, en ciudades monstruosamente grandes, y llegar a Palencia, sobre todo en Navidad, es como si estuvieras viendo el lugar en el que se está llevando a cabo un proyecto de ciudad habitable: abarcable a pié, perfectamente comunicada tanto por carretera como por tren, donde 10 € dan para invitar a unos vinos, con tapa incluída, a los amigos (porque recordemos que tapear debe ser cosa de entre tres y seis personas). Amigos con los que, a veces, no hace falta ni quedar, pues te los encontrarás tarde o temprano en alguno de los lugares habituales del tapeo matutino o vespertino. Bares hay para aburrir, por cierto, y para permitirte incluso cambiar de vez en cuando, si te cansas de los originales

En Navidades en Palencia se va de compras, se visitan los Nacimientos y se toman churros (pero los auténticos, los de la churrería de los Jardinillos) los días festivos, por lo menos; Obligado también es recorrer una y mil veces la Calle Mayor, arriba y abajo, donde te encontrarás con amigos y conocidos a los que no ves desde hace tiempo y que, como tú, han vuelto por Navidad.  Si se tienen cosas importantes o citas ineludibles (tanto mi carnet de identidad como mi pasaporte y mi carnet de conducir tienen, como por casualidad, fechas de renovación muy navideñas) es mejor dar un rodeo y sortear estos casi mil metros de soportales, pues las innumerables paradas te harán llegar tarde con toda seguridad allá donde vayas. Si es que acabas llegando, porque, ¿quién en Palencia no se “ha liado” alguna vez y ha dejado de hacer aquello que se había propuesto?

La Nochebuena siempre viene precedida por unas rondas de espumosos con los amigos, cita ineludible para celebrar…todo lo que haya que celebrar, y más. Otros años nos quejábamos, sentados en las poltronas del Tiffanis, de los niños gritones y sus papás con los carritos, que nos quitaban el espacio, y no nos dejaban casi oír nuestros brindis. Sin embargo, el tiempo pasa, inexorable, y ya no podemos quejarnos, pues sería hacerlo contra nosotros mismos, que empezamos a estar ya nosotros del otro ladoLos brindis suelen acabarse entre unos pocos supervivientes, en El Templo, con el discurso del Rey de fondo . Las burbujas hacen más divertida si cabe la cena familiar y el tiempo transcurre rápidamente hasta el final de la Misa del Gallo, otra tradición.

Las vacaciones navideñas palentinas incluyeron visitas guiadas al Castillo de Ampudia (y por inercia, a las bodegas del mirador de Autilla), otra a la Villa Romana de la Olmeda (que, visto que no nos daba tiempo a volver a casa a comer, tuvimos que solventar la situación restaurándonos con unos frejoles en Saldaña ) y otra subida a la Montaña Palentina. Como volví a desesperarme al sentir la inutilidad de mi ropa de abrigo y mis botas de montaña (más bien hubiera necesitado bañador y sombrilla), me sometí junto con mis numerosos compañeros de excursión a una terapia de choque para evitar caer en un estado depresivo al comtemplar el espectáculo del Valdecebollas pelado y sudando. Cecina y vinos en Salcedillo y platos variados de carne de potro en Brañosera ayudaron a pasar mejor la tristeza producida por la ausencia del invierno. El colofón, por cierto, fue de leyenda: Una reñida partida de mus (los no titulados en este arte se dedicaron al parchís, que también está bien) regada generosamente con pacharanes de diversos orígenes.

Un final de órdago para unas navidades, como siempre, inolvidables. Me dejo la visita a Salamanca, el Bautizo del Niño (donde las señoras siguen luchando a muerte, como antaño, con los niños por coger caramelos) y otras muchas cosas, y por eso no eché de menos ni el salir en Nochevieja: Una larga partida de pocha y unas buenas copas caseras son, sin duda, mucho mejor que las mismas copas de garrafón en los mismos bares que ya “disfrutas” cualquier otro día de las Navidades, cualquier otro fin de semana del año.  Lo único que faltó (soy pesado, lo sé…) el frío, la nieve. Pero está claro que eso hay que buscarlo en otro lado.

¡¡¡ FELIZ 2012 !!!

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Los números de 2011

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.

Aqui es un extracto

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.500 veces en 2011. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 25 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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…y en Europa a calderadas

Lugar: una gigantesca planta de transformación y producción de aluminio.

Día 0: El cliente, avisado dos semanas antes, pospone la cita 24 horas, pues al parecer no todo está listo. La instalación está hecha, dice, falta un pequeño detalle sin importancia: un tubo y la alimentación eléctrica.

Día 1: Llegamos al lugar previsto a la hora prevista. Tras una espera de dos horas, empieza nuestro trabajo. Algo no encaja, falta una pieza. Otra hora de espera hasta que alguien nos confirma que hay que ir a buscar la pieza. No tienen. Hay que ir a comprarla. Ufff, eso llevará tiempo. Vuelva usted mañana.

Día 2: La pieza no ha llegado, pero está al caer, seguro!. Sí, pero nosotros nos tenemos que ir, tenga usted un buen día, nos vemos el mes que viene. Pero, oiga, cómo se va a ir usted así, si esto es urgentísimo!!!

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Lugar: Una planta de fabricación de grandes transformadores eléctricos.

Día 1: El cliente nos recibe diciéndonos que el producto no ha llegado. Sí, mire, tengo la orden den envío, está firmada ayer, por algún colega suyo, ahí, donde pone “recibido”. Ah, pues voy a ver, comprenda usted que recibimos un montón de paquetes, que hay poca gente para gestionarlos… Pasa una hora, pasan dos horas. la caja de cartón no aparece y la hora de partir hacia al aeropuerto para coger el avón se acerca. Es el avión de vuelta a a casa, y yo siempre me he dicho que si algún día pierdo un avión NO será el que me lleva a casa. Finalmente, y tras tres horas de búsqueda, el envío aparece, se realiza el trabajo, y felices nos vamos, feliz se queda el cliente.

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Aunque las situaciones parezcan typical spanish, no sucedieron aquí, sino en Francia y en Alemania.

Nuestros políticos (que no líderes) no son capaces de ponerse de acuerdo en nada, se echan los trastos de la cabeza y se empeñan en barrer cada uno para su casa: que si tú no trabajas suficiente, que si tú tienes más vacaciones, y a ti te gusta demasiado la fiesta… cuando en el fondo somos todos ciudadanos europeos, y bastante parecidos en ciertos aspectos.

Y para los que sientan la tentación de decir que por eso China  está que se sale y Europa en decadencia, los dos casos son tremendamente similares a situaciones que viví en el país de los comunistas con Ferrari.

En todas partes cuecen habas…

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Tres cosas tiene Belfast.

Tres curiosidades que atraen a tres clases de visitantes:  ser el punto de partida a uno de los parajes naturales más visitados de todas las islas británicas, la Calzada del Gigante (Giant’s Causeway), su pasado reciente como símbolo de la violencia terrorista (The Troubles) en Irlanda del Norte, y su relación con el ya mítico Titanic. La Giant’s Causeway es universalmente famosa, y los monumentos, museos y pubs de Belfast se los dejo descubrir al que vaya allí, igual que hice yo, informándose primero en el Belfast Welcome Center de la calle Donegall. A mí me ha encantado, no sólo la capital, también Derry, las centenarias destilerías de whiskey, y los bucólicos paisajes, por supuesto.

Lejos ya los años en los que el turismo en la región se limitaba prácticamente a los periodistas allí desplazados para informar de la situación política y de los conflictos entre católicos y protestantes, una vez alcanzada una paz más o menos estable, Belfast se ha centrado en promocionarse como destino turístico fomentando esos tres puntos clave, así como su situación privilegiada de poder aprovecharse de la simpatía general que la gente suele tener por todo lo que suene a irlandés, pero acompañado de la seriedad y solemnidad que da el pagar con libras esterlinas. Poco a poco, lo van consiguiendo y el turismo está floreciendo en el Ulster. Y no precisamente porque llegar hasta allí sea fácil: el Aeropuerto Internacional George Best (sí, sí, el futbolista) tiene pocas conexiones baratas, y las que hay suelen ser los ya clásicos vuelos drunk low cost orientados a las boracheras europeas de los ingleses (Málaga, Palma, Tenerife, Larnaca…).

La otra opción es volar a Dublín, y hacer el recorrido de 170 km entre las dos capitales en tren, en bus o en coche. Yo lo hice en coche alquilado (mi jefe en Belfast tuvo a bien, por si acaso, advertirme de que tuviera en cuenta que allí conducen por el lado correcto de la carretera….) y de noche, así que fue como una prueba de fuego de esta modalidad de alcanzar la ciudad del Lagan. La autopista (de pago en la parte irlandesa, aceptan libras esterlinas sin problema, y tarjetas de crédito con muchas pegas) es bastante aceptable, y el recorrido se hace de manera cómoda y rápida. Ni siquiera te das cuenta de en qué momento dejas la República de Irlanda y entras en Irlanda del Norte. Al menos, cuando haces el recorrido inverso, las autoridades irlandesas han tenido la amabilidad de colocar un panel advirtiendo de que las distancias ahora son en kilómetros, pero yendo de Dublin a Belfast, los norirlandeses ni siquiera te avisan del cambio y te puedes despistar bastante con sus dichosas millas, medias millas, cuartos de milla, yardas y millas por hora.

Pues bien, una vez explorada la ciudad, su catedral, sus barrios, etc, me interesé por lo otro: el Titanic y su relación con Belfast, especialmente curioso, por lo que tiene de sorprendente que un barco de corta vida y leyenda larga, sirva de reclamo para (al menos) una ciudad. Dentro de pocos meses se cumplen cien años de la catástrofe del Titanic, probablemente la más famosa de la historia, por cómo sucedió y por el nivel social de muchas de las víctimas. Prácticamete todos hemos leído mucho sobre el tema, incluso antes de verlo en la más famosa de las películas realizadas sobre la breve historia del gran trasatlántico; conocemos los nombres e incluso sabemos detalles sobre la vida (y muerte) de muchas de las personalidades que viajaban en el paquebote; no olvidamos la orquesta tocando hasta el mismísimo final, el capitán hundiéndose con el barco, y la mayoría recordamos, y si no, lo haremos durante el año que viene, estoy seguro, que el célebre navío “insumergible” fue construído en los astilleros Harland & Wolf de Belfast. Pues bien, la ciudad de Belfast se ha rendido completamente a un evento que sabe que atrae y atraerá muchos turistas, y ha volcado sus esfuerzas en que el buque y la mística que lo rodea sean parte fundamental del paquete turístico que ofrece al visitante.

Panorámica de Belfast, con los pórticos Samson y Goliath de la H&W, a la derecha, dominando la ciudad

Aparte de que la ciudad esté dominada por los pórticos grúa Samson y Goliath de H&W, el barrio que rodea los famosos astilleros (que en su mayoría formaba originalmente parte de las propias instalaciones de la compañía) ha sido rebautizado como “Titanic Quarter” y el Ayuntamiento de Belfast lo está potenciando desde hace ya varios años con la construcción de viviendas, centros comerciales, espacios de convenciones, e incluso un centro multiusos llamado “Titanic Belfast” que incluirá salas de conferencias, exposiciones y albergará la Fundación Titanic. El edificio, cómo no, será inaugurado a tiempo para el centenario en Abril, y se convertirá en punto de refererencia de todos esos curiosos, y por qué no decirlo, morbosos, que siguen fascinados con la historia del buque y que ya acuden (puedo dar fe de ello) en gran número a visitar los lugares históricos del Titanic. De momento, pueden admirar la original (y fea) estructura del edificio, imitando cuatro proas, cuatro, unidas del barco.

Titanic Belfast Building

Pero el homenaje al Titanic

está desde hace no mucho en pleno corazón de la ciudad, pues la calle Donegall, arteria principal de Belfast, y que desemboca en el bonito edificio del ayuntamiento, está flanqueada por unas columnas curvas, a modo de cuadernas de un barco imaginario, con los nombres de los barcos más famosos de la mítica White Star Line. Y no se conforman con dedicarle una al Titanic y a sus gemelos Britannic y Olympic. En este particular paseo de la fama tienen también su espacio, como reivindicando parte en la historia, el SS Celtic y el SS Traffic, que sirvieron como transbordadores de pasajeros para los hermanos mayores. Aficionados y apasionados del Titanic y su leyenda, en Belfast está vuestro sitio.

Donegall Place y el Ayuntamiento

Un barco hundido hace 100 años como reclamo turístico de una ciudad, de toda una capital europea. Curioso, pero no menos que el atractivo que provoca todo lo que tenga que ver con los años de violencia que sufrió el país, en especial durante los 70 y 80 del pasado siglo.

The Troubles (Los Problemas) se consideran como algo del pasado, y por eso se habla de ello sin problema, valga la redundancia, especialmente en los medios de comunicación. Aún admitiendo que no todo está conseguido y que las diferencias siguen ahí, las aguas están completamente calmadas y de la peor época (en 1972 hubo hasta casi 500 muertos), quedan los murales y escenarios de los enfrentamientos, que pueden ser hoy visitados con asombrosa calma.

Cepar Way. Católicos a la derecha, protestantes a la izquierda

Una calma al mismo tiempo inquietante, ya que produce cierta congoja pasearte solitario entre los coloridos diseños que homenajean (y no olvidan) a los muertos, a los condenados a veces injustamente, a los mártires, y contemplar el muro que separó en Belfast a católicos y protestantes, a nacionalistas y a unionistas (leales), construído para evitar atentados de los unos contra los otros.

Mural frente a una cárcel de Belfast

Muchos de estos murales permanecen intactos, otros han sido actualizados y hablan ya de paz, algunos, incluso, han sido modificados por los turistas, que dejan allí impresos sus deseos de prosperidad y futuro para el pueblo irlandés. Aún así, cada parte mantiene su orgullo, y de alguna manera sus reivindicaciones, y así, los barrios de Belfast que limitan con la zona católica están repletos de unionjacks que cuelgan de cada farola, de cada semáforo.

Iglesias y unionjacks en zona protestante

En Derry, como en Belfast, las catedrales de ambas comunidades se alzan orgullosas reclamando su propio espacio, y los barrios están sembrados de pequeñas iglesias que parecen marcar el territorio, para que no haya lugar a dudas. Hay una puerta en ese muro, hoy siempre está abierta, pero hasta hace no mucho, se cerraba todas las noches separando completamente las zonas. Muro y puerta siguen ahí, para no olvidar lo que pasó y que no vuelva a suceder.

Igual que yo no olvidaré mi primera visita a Belfast, que se termina, tras una gran puesta de sol en Black Mountain (uno de los montes que dominan la ciudad) y una merecida cena en “The Crown”, uno de los más famosos de Belfast. Curiosamente, en la tele hay un reportaje sobre el Hotel Europa, que está cruzando la calle. Hoy es un hotel normal, no llama la atención, pero en su día fue redacción improvisada y segunda casa para todos los reporteros enviados a cubrir The Troubles, pues el hotel se enorgullecía de no cerrar nunca, incluso en los peores momentos. El IRA lo sabía y decidió que no había mejor publicidad … que poner las bombas cerca de donde estaban los periodistas: Hasta 25 en un año explotaron en las inmediaciones del hotel. Los protagonistas de aquellos años lo cuentan hoy con cierto humor y hasta con nostalgia. Que dure muchos años  que se vuelva a llenar de periodistas, pero para contar cómo se celebra el centenario del Titanic.

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Cosas que aprendí en China

La pregunta que más me han hecho tras reincorporarme a la vida “normal” en España ha sido, por supuesto, qué tal con el chino, si he aprendido algo, y si puedo decir algo en mandarín. Por supuesto, la respuesta más lógica, haciendo honor a mi austeridad castellana sería un rotundo y seco “no”. Pero eso no haría justicia a la verdad, y por otra parte la mitad gallega de mis genes no me permite dar contestaciones tan cortas, claras y contundentes. Porque las cosas no son tan sencillas, y porque toda pregunta admite, al menos, otra pregunta como respuesta, y a veces  una respuesta comentada, adornada y argumentada de tal manera que, al final, al interlocutor no le quede claro si le has contestado a lo que preguntabas o incluso llegue a olvidar qué había preguntado exactamente.

yo quería aprender de ese señor que parece tan importante

Por supuesto, algo de chino aprendí. Lo justo para sorprender a mi pequeña prima cantonesa cuando, ya en España, le dí unos regalos (y 100 yuanes), acompañadas de tres o cuatro frases (que no escribiré aquí) en perfecto chino mandarín. Es más, incluso pude enseñarle a contar con los dedos como lo hacen los chinos, pues parece que eso no se lo habían enseñado en sus clases de mandarín. Todo eso le bastó para que ahora considere que, por supuesto, podemos hablar en chino sin que el resto de la gente nos entienda, como si de una especie de código secreto se tratara. Después de tantos años viéndola muy esporádicamente (tanto, que lo primero que me soltaba cada vez que me veía era “¿y tú quién eres?”, a mí!!! que fui quien la recibió en su llegada a España!!!), ha sido una buena y rápida manera de establecer una cierta complicidad con alguien ausente durante los últimos 4 años.

Ya digo que al resto de la gente que me lo pregunta les cuento un poco que no tuve oportunidad de recibir clases de mandarín, y que las pocas cosas que aprendí a pronunciar fueron las de primera necesidad. Ya se sabe: pedir una cerveza (o dos) en un bar, saludar al llegar, pedir unos dumplings, saludar al irte, dar las gracias, y asentir con seguridad (tué-tué-tué…) cuando un taxista se vuelve hacia ti buscando la confirmación de que está yendo por el buen camino, como si le entendieras algo o supieras siempre dónde te encuentras. Cosas básicas.

Pero, relacionado con el idioma, también hay otras cosas que vas aprendiendo dependiendo de las costumbres de tu vida diaria. Yo, que era usuario del transporte público, acabé comprendiendo muchas de las palabras que los chinos usan como referencias en sus direcciones. Ya conté en otro post relato, cómo Pekín (y muchas otras ciudades chinas) está construída siguiendo escrupulosamente los ejes principales de una rosa de los vientos, con lo cual rápidamente te familiarizas con los fonemas (y los ideogramas) bei, nan, dong y xi. El siguiente paso es cuando te das cuenta que hay otras “palabras” a las que también recurren frecuentemente para nombrar las direcciones, estaciones de bus y metro, etc, como son: puente, exterior e interior (refiriéndose a la posición con respecto a los anillos, por ejemplo),  puerta, lateral… No es que sea nada innovador ni revolucionario, se usa también en otros idiomas (West Side, Upper Street), pero se entiende que en chino a mi me costó un poco más, y que cuando identifiqué las palabras me fue mucho más fácil no equivocarme y saber en qué parada tenía que bajarme, sin estar concentrado, contándolas hasta llegar al número que me había marcado el amigo (grandísimo amigo en Pekín) Google Maps ®. Una vez que mi memoria visual retuvo algunos de estos últiles símbolos, pude incluso osar coger autobuses en cualquier parada al azar, ya que, más o menos, era capaz de averiguar o intuir su recorrido, saber dónde me llevaban, en definitiva. Porque hay que decir que los paneles informativos (?) de las paradas de autobús están exclusivamente escritos en mandarín, ni siquiera en pinyin.

Así que, sí, algo de chino aprendí.

Otra cosa muy útil que hay que saber en China es esa incapacidad que tienen los chinos para decirte “no”. Tampoco es algo exclusivo de ellos, quién no conoce esa clase de persona, el buenazo, que a nada se niega, que todo lo consiente y de la cual sería fácil abusar si uno quisiera. Pero entre los habitantes de China esto debe ser algo crónico. Yo lo aprendí muy pronto, casi antes de bajarme del avión, pero… esta es otra historia que ya contaré mañana.

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