El Delta, donde muere el Danubio y nace Sulina


Contaba yo a quien estuviera interesado en escucharme, que conocía la zona, que había navegado por el Delta del Danubio, visto los caballos salvajes en las dunas del Bosque de Letea y pescado en los canales del Brazo de Sulina. Pescar, playa y caballos salvajes en un bosque en la arena, eso eran para mí  Sulina y el Delta del Danubio, según los recuerdos que me quedaron de mi primera visita en 2009. Volvía a la zona, como quien dice, sabiendo.

Esta vez, la lluvia del primer día y las frescas temperaturas durante la  noche no aconsejaban holgazanear en la playa tomando el sol. Y al poco de llegar, tras nuestras primeras charlas con las gentes locales, nos enteramos de que la pesca en esta época es mayoritariamente furtiva y de que los caballos no son ni nunca fueron salvajes. En definitiva, lo primero que descubrí, que no está mal, es que no sabía nada sobre Sulina y el Delta del Danubio.

 

A pesar de su tamaño actual -unos 3000 habitantes- Sulina es relativamente simple de localizar en un mapa actual: es el punto donde el Danubio, remolón en sus últimos cientos de kilómetros, es conducido, por fin, a morir en el Mar Negro. Conducido por el hombre que, harto de que el río se empeñe en hacer más y más curvas y meandros en un inútil esfuerzo por alargar su vida, ha modificado el terreno, dejando sin escapatoria a esas caudalosas aguas dulces que son forzadas a mezclarse con las mareas del Ponto Euxino. La muerte asistida del Danubio es el nacimiento de Sulina.

 

Si en lugar de un mapa actual, lo que miramos es un atlas de la historia del Mundo en los últimos 200 años, esta ciudad aparece como un punto gordo, gordo, probablemente rodeado pon un círculo, como si de una capital se tratara. Nos lo dicen varios lugareños al poco de llegar, con nostalgia, con orgullo: !no menos de 7 Grandes Potencias (como por entonces se las llamaba), tenían consulados en Sulina por aquél entonces!

¿Pero cuando es “aquél entonces”? ¿Por qué nunca he oído hablar de Sulina antes de venir aquí?. Las visitas a los lugares históricos de la ciudad, la conversación con los habitantes, los museos, e incluso algún libro prestado por Domnul Vali, el dueño de la Pensión Diana, donde nos alojamos, son las piezas del puzzle que tiene las respuestas.

Nos remontamos a mediados del S.XIX, y ojeamos la correspondencia entre embajadores europeos y miembros de la diplomacia de la Rusia zarista. En diferentes cartas que han llegado hasta nuestros días queda constancia de cómo el Imperio Ruso insistía en controlar el Mar Negro, y esto incluía el Danubio y su desembocadura. De los tres brazos que forman el Delta (de norte a sur, Kitila en Ucrania y Sulina y San Jorge en Rumanía), el preferido ya entonces para comenzar a remontar el Río hacia el centro de Europa era el de Sulina, y por ello los rusos establecieron en la margen izquierda unos barracones para alojar destacamentos militares con naves que dejarían pasar los navíos “no sospechosos” y pararían al resto, y permitieron el establecimiento de algún comerciante griego (cuyo nombre no recuerdo) en la otra orilla para poder asegurarse suministros y otros servicios.

Patrulleros de la Guardioa Costera Rumana en la ribera izquierda, donde antiguamente atracaban los barcos de la Armada Rusa

Pero fue el Tratado de París, que se selló el final de la Guerra Ruso-Turca (o Guerra de Crimea) en 1856 el que impulsó definitivamente el progreso y animó este disputado punto oriental de Europa. El Faro Viejo de Sulina, hoy en día varios kilómetros tierra adentro, es llamado oficialmente Faro de la Comisión Europea del Danubio (CED por sus siglas en francés), apellido que portan también el cementerio y varios de los edificios nobles de la ciudad, y cómo nos extrañó ese celo europeísta en estos tiempos en los que lo que se lleva es el nacionalismo pueblerino exacerbado, nos pusimos a hacer los deberes. Pero los abandonamos enseguida, pues de nuevo la conversación con los nostálgicos lugareños nos desveló la historia, y una exposición que visitamos en el Museo de Historia y Arqueología cuando volvimos a Tulcea nos doctoró en el tema.

 

Resulta que la CED (que tenía incluso bandera propia) es la institución que fue creada en por las potencias vencedoras firmantes del Tratado de París. A lo mejor era genuino el espíritu internacionalista y europeo que impulsó la creación de la CED; puede, por el contrario, que la motivación fuera que los franceses e ingleses ni pinchaban ni cortaban por esos lares, y aprovecharon la feliz circunstancia para meter baza; lo cierto es que la CED, que en principio se constituyó por dos años, mejoró y aseguró la navegación por el Danubio durante los más de 80 años que duró su existencia, y en lo que a Sulina se refiere, supuso su despegue como ciudad cosmopolita, dinámica y próspera, pues fue declarada Porto Franco, lo que significaba que el comercio de mercancías estaba libre de impuestos. Un ingeniero británico, Sir. G. A. Hartley, fue el encargado de dirigir los trabajos para mejorar la navegación río arriba desde el Mar Negro, y aparte de ser recordado con un busto en la Calle 1 de Sulina, su obra puede ser contemplada casi tal y como él la dejó, pues poco ha cambiado el paisaje en estos últimos 150 años. Los faros, los diques y los cortes que realizó en los meandros para hacer casi rectilínea la navegación de hasta Tulcea, son los mismos que se utilizan hoy en día. Bueno, los faros no, pues uno, como ya dije, se quedó inutilizado con la retirada del mar, y los otros dos perdieron su utilidad cuando se construyó el moderno, más grande y más exterior que en la actualidad es gestionado por la Armada Rumana.

 

El faro de la CED en el centro de Sulina, por cierto, aparte de ser visitable en su totalidad hasta la linterna, alberga en su interior dos museos (pequeñitos, claro, estamos dentro de un faro) sobre dos de los personajes más famosos relacionados con la ciudad: un museo muy interesante sobre la vida en la ciudad en su época dorada, y otro sobre la vida y obra de uno de los otro de los gratos descubrimientos que hicimos aquí: Gheorghe Georgescu, mundialmente famoso director de orquesta, nacido en la ciudad, y Jean Bart, no el corsario con estatua en su puerto natal de Dunkerque, sino Eugeniu Botez, escritor rumano que publicó su obra más conocida, Europolis, bajo este pseudónimo.

Europolis describe la vida en Sulina, ciudad en la que vivió mucho tiempo como capitán del puerto, ya que antes que escritor fue oficial de marina, y fundador de la Liga Naval Rumana. Su casa aún existe, también en la Calle 1, y el teatro de Tulcea lleva su nombre. Leer Europolis es sumergirse en la vibrante vida de una gran ciudad portuaria y cosmopolita que, sin embargo, empieza a divisar su decadencia en el horizonte. Una ciudad en la que convivían y se mezclaban diferentes culturas: pilotos y marinos griegos, comerciantes judíos, oficiales y diplomáticos franceses e ingleses, italianos, turcos, y por supuesto rumanos, de origen o asimilados.

La diferentes comunidades se integraron (muchos incluso se rumanizaron en un par de generaciones) aunque siguieron conservando sus señas de identidad. Así se muestra, de nuevo, en el museo del Faro Viejo, donde se conservan, por ejemplo, ejemplares de los diferentes periódicos que se editaban en la ciudad, y muchas fotos de las diferentes escuelas griega, judía, inglesa y de las iglesias que existían entonces, anglicana, la mezquita turca, la iglesia católica.

Cada comunidad, pues, tenía su centro espiritual entre otras cosas para hacer el trayecto hacia el otro mundo conforme a sus costumbres, pero inmediatamente después se mezclaban igual que lo habían hecho en vida, pues el cementerio, llamado hoy también “de la Comisión Europea del Danubio”, es un totum revolutum de lenguas y apellidos de los más variados orígenes. Aunque es cierto que dentro del cementerio hay una parcela dedicada a los judíos y otra en la que se ve la media luna turca, durante años aquí fueron enterrados, sin importar orígenes ni condición, tanto habitantes de Sulina como los que llegaron a morir aquí, principalmente como consecuencia de algún naufragio. Los piratas tambiénn fueron enterrados aquí.

Nuestro descubrimiento del cementerio fue también casual, y algo tétrico. Durante un paseo nocturno por la ciudad, yendo en dirección al mar, llegamos hasta donde acababa el alumbrado público y allí, qué ibamos a hacer, claro, más que ponernos a mirar al cielo, que brindaba un expectáculo digno del remoto lugar en el que estábamos. Al poco tiempo observamos, en dirección al casco urbano, la luz de una linterna. Cuando determinamos que venía en dirección a nosotros, apareció otra, y otra más, y otra, hasta que dejamos de contar y nos pusimos a esperar a que llegaran hasta donde estábamos. Cuando lo hizo el que encabezaba la siniestra procesión, saludamos sin encontrar respuesta, y alrededor de unas doscientas personas pasaron sin decir ni por delante de nosotros, con algunas linternas para iluminarse el camino. Observamos perplejos cómo se detenían en lo que luego supimos que era la puerta del cementerio, el tiempo justo para que alguien consiguiera abrir la cancela, y después de volver a cerrarla -con llave- desaparecieron entre las lápidas y las cruces. Ignoramos todavía qué clase de ritual ejecutaron en el cementerio, pues no cabe duda de tal era su intención, sino algo más oscuro. Intuímos que llegaron y se marcharon en el buque Nestroy, que inmediatamente después de este episodio pudimos ver atracado en el puerto, sin actividad aparente a bordo, y que sin embargo había desaparecido por la mañana.

A ojos de un neófito no queda claro, después de visitar el cementerio -lo cual hicimos nosotros ya de día, por supuesto, pues no queríamos inmiscuirnos en asuntos de santacompañas– cómo tanta población del cementerio podía ser resultado de naufragios. ¡Si es sólo un río, y un mar pequeñito!. Pero cuando Domnul Vali, marino mercante de profesión, nos llevó en su barca de 7 metros al punto donde se acaba el canal construído por el ingeniero Hartley, y el río encuentra al mar, comprendimos algo y aprendimos mucho.

Éramos siete en total a bordo del frágil esquife con motor de 70 CV y, distribuídos hábilmente por nuestro capitán y timonel, la embarcación demostró ser estable incluso cuando nos cruzamos con un carguero que remontaba el Danubio. Capitán Vali, con una mezcla de nostalgia y orgullo, nos explicaba por dónde íbamos pasando y al poco de abandonar los muelles de Sulina nos mostró los restos de  un buque que en 2007 hizo caso omiso de las advertencias de no aventurarse a embocar el canal y quedarse en mar abierto esperando a que capeara el temporal, y acabó convertido en un montón de chatarra después de que algún armador o comerciante lo comprara y lo remolcara desde la playa en la que quedó varado. Pero no fue el único que ignoró  las advertencias ese día, y otro buque de bandera turca también dio con su quilla en el fondo arenoso, pero al norte del canal, en una isla de arena formada hace años por las corrientes de la que hoy sólo queda la mitad (ya en Ucrania), ya que el resto ha sido barrido por la misma fuerza caprichosa que la creó.

Pero el barco sigue allí, ahora medio sumergido, así que se ha convertido en una atracción más, de estas que no lo parecen pero que son peligrosas, la semana anterior una embarcación había volcado y con ella todos los turistas que iban en ella. Falta de pericia, desconocimiento, imprudencia, dejó claro nuestro patrón, que cuando nosotros empezábamos a sentir ya el zarandeo de las olas, señal de que llegábamos al hectómetro 80 que marca encuentro de las dos aguas, él se estiraba más y más oteando el rizado de las olas mientras movía la cabeza de lado a lado en señal de desaprobación.

En una maniobra inesperada (para nosotros), colocó la barca de costado unos segundos mientras observaba las olas que venían del mar, y con un movimiento rápido de timón las encaró al tiempo que aceleraba. No tuvimos tiempo ni de reaccionar, cuando detuvo de nuevo el motor y nos dijo sonriendo “Ya estamos en el Mar”. Curiosamente la barca se movía menos que en el tramo final del río, y a toda potencia y con toda la calma pusimos rumo al pecio que, sin darnos nosotros cuenta, teníamos ya delante.

La isla en la que se encontraba el Turgut Usta tenía además otro atractivo, y es que los listos pelícanos, que son muy miedosos, se dieron cuenta de que ningún depredador podría acceder hasta ahí, así que se mudaron en masa a la nueva tierra firme. No contaban con el peor de todos los depredadores: el turista. Capitán Vali nos contó cómo poco después de que los pelñicanos se apropiaran de la isla, ésta empezó a formar parte de los trayectos que los turistas demandaban hacer en sus paseos en barca, y empezaron a a desambarcar, hacer fotos a los nidos, en incluso barbacoas en la arena. Esto provocó que muchos nidos fueran abandonados por los padres, que se mudaban a la parte ucraniana de la isla, ya que el país vecino no tiene explotado el Delta turísticamente. La naturaleza se encargó de poner el resto de cosas en su sitio y, tras seis años de vida la isla, hizo que el mar se tragara la parte rumana, así que los pelícanos viven y se reproducen hoy felices en Ucrania, pues el depredador turista es todavía más miedoso y no desembarca en Ucrania sin visado.

Y así, viendo una pelícana fiesta a la que no estábamos invitados, acabó nuestro periplo por el Delta y nuestros días en Sulina. ¡Ah sí!, también fuimos a al Bosque de Letea y vimos caballos domésticos y nos hartamos de comer excelente pescado todos los días.

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Una respuesta a El Delta, donde muere el Danubio y nace Sulina

  1. Me encantan las amenas descripciones de los lugares que visitas. Realmente te empapas de lo que ves y tus descripciones son una gozada. Enhorabuena por acercarnos de esa manera a lugares y modos de vida que probablemente no conoceremos.

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