Un poco de Kosovo


La niebla se espesaba a nuestro alrededor a medida que nos acercábamos al túnel, y a mi lado podía adivinar la orgullosa expresión en la cara de Zamir: “Se diría que estamos en Holanda, ¿no te parece?”, había repetido enérgicamente varias veces en cuanto entramos la autopista y nuestra velocidad aumentó, por primera vez en toda la semana, hasta los 120 km/h. Yo confirmaba cada vez su apreciación (a pesar de que no entendía por qué precisamente compararse con Holanda, si había viajado bastante por las autopistas de Francia, e incluso por China) y él reía satisfecho. Volvíamos de Bajram Curri a Tirana y la noche anterior decidimos no madrugar, asumiendo así que no podríamos coger el ferry hasta Komani, y para no atravesar de nuevo las montañas hasta Shkoder nos decantamos por hacer la ruta fácil: pasaríamos por Kosovo.

Banderas de Kosovo y Albania

Ya en mi anterior viaje un mes antes estuvimos valorando ese trayecto, aunque al final lo descartamos porque alguien no tenía los papeles del coche en regla como para que los revisaran en la frontera. O eso entendí yo. El caso es que yo entonces había consultado el único mapa fiable del que disponía, internet, y no lo comprendía, el trayecto recomendado siempre incluía la infernal carretera de los búnkers y las lápidas, así que decidí forzar la ruta pasando por Kosovo y … efectivamente, el resultado era que con esa opción haríamos unos 40 km más pero tardaríamos menos; ya al día siguiente, en la carretera, descubrí que el hecho de que existía una autopista, ésta por la que circulábamos, de cuya existencia Google no tenía por qué estar enterado, al fin y al cabo Albania ese ese pequeño rincón de Europa del que los europeos sabemos poco o nada, y del que no nos ocupamos más que cuando hay problemas; ni siquiera hay mapas para los GPS tradicionales, por no decir que el mapa que te facilitan en las agencias de alquiler de coches parece más bien el típico de un parque de atracciones o un aquapark, lleno de pictogramas y vacío de contenido útil para conducir.

En Gjakova

En Gjakova

“¿Dónde están todos los coches ahora, eh?”. Otra vez esa potente voz seguida de la risa de satisfacción. Lo cierto es que apenas adelantábamos ningún coche en dirección a Tirana, y eran menos aún los que venían de frente, hacia Pristina. No quise arruinar el momento de orgullo albanés de Zamir, iniciando el debate sobre la utilidad real de aquella costosa infraestructura que aparentemente no tenía mucho uso, y simplemente confirmé que eso pasa muchas veces, lo que crees que es un tráfico denso por una carretera a veces se convierte en un desierto al construir una autopista.

En Gjakova, Kosovo

Pero en mi cabeza no dejaba de pensar cómo era posible que en un país donde ni siquiera han sido capaces (o no han tenido recursos para ello) de articular una red de buenas carreteras para comunicar las principales ciudades, exista una magnífica autopista que una Tirana con Pristina, la capital de un estado cuya independencia es reciente y todavía negada por muchos países, entre ellos España o Brasil. Quizá tenga algo que ver con la abundancia de banderas albanesas que se observan por todas partes en Kosovo. ¿Puede el nacionalismo albanés obrar el milagro de que brote el dinero donde antes no lo había, para construir grandes viaductos y profundos túneles?. El túnel, la joya de la corona. “WELCOME TO THE TUNEL” reza el luminoso que se nos aparece 20 metros de distancia, pues la niebla no deja ver más allá. “Es un gran túnel, de más de 7 kilómetros de largo, ¡de hecho son dos túneles paralelos, uno en cada dirección!”. Zamir es optimista, a pesar de sus 53 años y de lo que supongo que le ha tocado vivir, ni habla mucho del pasado (al menos con los extranjeros) ni parece tener ninguna duda de que el futuro será mejor. Por eso le pregunto directamente si cree que el futuro de Kosovo es unirse a Albania. Su rápida respuesta me indica que para él, como para la mayoría de albaneses, parece ser sólo una cuestión de tiempo, y asumen que todo el territorio acabará en manos de los “autóctonos”, como se puede leer en multitud de banderas, bufandas y todo tipo de souvenirs con el perfil un mapa con la actual Albania agrandada con Kosovo y otros territorios. No entra más a fondo en el tema, al menos conmigo, extranjero.

Los de aquí de toda la vida.

Pintada en la “Pirámide” en Tirana

Su discreción es tal, que ha tardado muchos kilómetros y mucha conversación en decirme lo que dijeron los policías al sellar mi pasaporte: “España no nos conoce, pero ellos tienen la misma situación allí”. Yo me limité a comentarle al respecto que el nacionalismo es de nuevo, lamentablemente, un problema en toda Europa.

Frontera Albania-Kosovo

El comentario del policía fue la única consecuencia originada por mi pasaporte, a pesar de que yo seguía teniendo, 6 años después de mi primera frustrada incursión en Albania y Kosovo (Euroviaje 2008), curiosidad por ver si un país deja atravesar su territorio a un ciudadano de otro que niega la existencia del primero. La víspera Zamir me había tranquilizado diciendo que para eso estaba él conmigo, y que, en caso de problemas, nos dábamos la vuelta y atravesábamos las montañas. Al día siguiente, tras cruzar el puesto fronterizo sin novedad, en la primera señal de tráfico en Kosovo alguien había pintado “REAL MADRID”, como si, adivinando mis pensamientos y riéndose de mis temores, alguien hubiera querido recordarme que la vida sigue su curso y prevalece, a pesar de la política.

Casi toda Europa reconoce la independencia de Kosovo, y probablemente parte de la financiación de la autopista procede de fondos de la UE, aunque esto es solo una suposición, pues no observé ninguno de esos típicos carteles de los fondos europeos. Tampoco se aprecian los efectos de los fondos en Gjakova, ciudad donde paramos a desayunar, y sí que se ve bastante miseria y abandono, no sé muy bien si son los efectos todavía de la guerra, los de la crisis mundial, los de la crisis del € (Kosovo lo adoptó incluso antes de su independencia) o un poco de todo.

La guerra está presente, y mucho, recordándonos que no hace tanto que acabó ese largo conflicto europeo que se inició y se cerró en los Balcanes; si en Belgrado me sorprendió ver una calle dedicada a Gavrilo Princip, en Kosovo abundan los homenajes a miembros del  UCK y los cementerios de guerra.

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¿Recuerdos inocentes del principio y el final del largo siglo de guerras, o semillas de odio para rencillas futuras?

Estos pensamientos desaparecieron rápidamaente cuando la realidad de las carreteras albanesas al acercarnos a Tirana me hicieron tener que desactivar la velocidad de crucero y tener que concentrarme en sortear baches, coches, animales y personas. Zamir a mi lado sonreía, volvía a casa y traía además un apreciado producto kosovar, que yo llamé smântână con pimientos. La smântână es habitual en la gastronomía albanesa, como en la mayoría de los países de los Balcanes, pero al parecer esta variedad sólo se encuentra en Kosovo. “Suelo venir una vez al mes y la compro, a mi mujer le encanta”. Seguro que iba a tener un buen recibimiento en casa.

Típico kosovar

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