Londres. Tea’s ready!


Hacía casi tres años que no iba a Londres, y de aquélla fue en primavera. Esta vez llegué de noche, y justo después de que el temporal de cada invierno, que los londinenses parecen esperar como algo inevitable una vez al año, barriera la ciudad, lo que me hizo encontrarme una city inédita para mí, más parecida a mi querida y humilde Bucarest que a la siempre orgullosa y multicultural capital del Imperio Británico que yo recordaba: Avenidas y vías principales mojadas y delimitadas por un grueso manto blanco, y todas las callejuelas y vías secundarias llenas de hielo y nieve, peligrosas para el peatón y para el conductor.

Nuevo para mí era el hecho de conducir por el centro de Londres, y cuando quise darme cuenta, el navegador del coche de alquiler me había guiado desde Heathrow hasta algún lugar donde sólo se veían autobuses de dos pisos y taxis londinenses. Al pasar por delante de un gran edificio de tonos rojizos y profusamente decorado con luces navideñas pude situarme, más o menos. Me puse a pensar que era la segunda vez en mi vida que pasaba por estas calles en coche, y que en la primera, yo ni siquiera tenía carnet de conducir y el coche en el que mi padre valientemente nos paseó por el centro de Londres tenía el volante en el lado correcto del habitáculo. Fue sin duda más difícil para él. Aunque por aquél entonces todavía no existían todas las limitaciones actuales para acceder como conductor a Central London, lo cual me llevó a reflexionar sobre si yo, con mi coche alquilado, tenía derecho a pasar por allí, o si las atentas cámaras habrían dado la alerta y la factura llegaría (a quien corresponda) en los próximos días.

Londres cambia. No sé si eso es bueno o malo, pero está cambiando. Recuerdo, sobre todo tras mi primera visita, que me quedó el recuerdo de una mega-ciudad extendida desde las sinuosas curvas del Támesis en las que reposa el HMS Belfast, hacia los cuatro puntos cardinales, pero con casas bajas y edificios no muy altos, con la excepción de algunos en la City de Westminster. Ahora, sin embargo, a las aguas del río se asoman cada vez más moles de acero y cristal, y las correspondientes grúas, of course, que aseguran la continuidad de la tarea. El perfil de Londres, antes inconfundiblemente definido por el Big Ben, las casas del Parlamento y la cúpula de San Pablo, comienza a asemejarse peligrosamente al de las grandes megalópolis asiáticas. Parece como si, una vez pasados los años necesarios para recuperarse de la pérdida de la penúltima de las colonias, la metrópolis quisiera ahora emular lo que dejó allí. Pérdida de personalidad, me temo. A este paso, todas las grandes ciudades del mundo serán lo mismo. Globalización, una vez más.

Lo que más me gusta de trabajar en Gran Bretaña es el té. Tras varias ocasiones en mis últimas visitas a las tierras de su Graciosa y Longeva Majestad, en las que mi memoria de pez me traicionó y volví a pedir café, por fin en mi cerebro se ha instalado la regla de oro: nunca pidas café en el Reino Unido ( y esto incluye Irlanda del Norte). Así como los italianos tienen la virtud de preparar un café exquisito en cualquier lugar, gasolineras incluidas  Los británicos poseen la habilidad de hacer un café repugnante aunque usen la mejor cafetera expreso del mercado y los mejores granos de café de Colombia. Así que no sé sí será por gusto o por obligación, pero me encanta el té en Inglaterra. Más que el té, me gustan las costumbres que alrededor del mismo se han instituido. Porque es muy agradable encontrarte siempre, en cualquier hotel o albergue al que llegas, el set de tés y el kettle para calentar el agua. Y me gusta que cualquier sitio al que llego, siempre me ofrecen una taza de té. Y lo mejor es que sólo tienen que preguntarte una vez cómo te gusta, porque en las siguientes ocasiones –“Fernando!, tea’s ready!”– te lo encontrarás ya servido, y con la cantidad de azúcar y leche que estableciste en la primera ocasión.

El té se disfruta lentamente. Sobre todo estos días en los que hace frío. Se usa para calentarte y para pensar en tus cosas desconectando unos minutos del trabajo. Sobre todo cuando no entiendes nada de lo que tus compañeros de té están discutiendo. A eso también me acostumbré en Pekín. Allí también parecían ser conversaciones divertidas pero yo sólo prestaba atención cuando oía mi nombre o xipaña. Ahora, sin embargo, sin duda las carcajadas y la conversación llevan la marca del humor inglés, quién sabe… ¿mejor no entender nada?. Los compañeros son majos, pero no son los Monty Python.

Ya me acostumbré hace tiempo a que “saber inglés” no quiere decir nada por aquí. Cuando llegas a Londres, dan ganas de coger el curriculum y hacerlo de nuevo, y eliminar ese apartado donde escribes “medio-alto” cuando se te pregunta sobre tu nivel de inglés. Queda el consuelo (de muchos, de tontos) de saber a ciencia cierta que su español siempre será peor que mi inglés, por mucho que se esfuercen en hacer demostraciones de lo que aprendieron durante sus vacaciones en Mallorca, Alicante o Málaga. “Unou, dous, thress. cuathro…vintenoueve…pour favour…!” …me dieron ganas de recomendarles esto. Pero ya para rematar, en un momento dado alguien se arranca con “Fernando”, de Abba, exactamente como hacía Geng Chong muchas mañanas en la oficina de Pekín, sólo que estos ingleses conocen y cantan la letra. Dios bendiga a los suecos, que crearon un himno con el que pueden recibirme en casi cualquier parte del mundo.

Los almuerzos son menos satisfactorios que los momentos del té, aunque afortunadamente sólo un día, en dos semanas, he tenido que comer fish&chips. Pero sobre todo se come pollo. “¿Has visto alguna ciudad con tantos restaurantes de pollo como Londres?”, me preguntan. Y es cierto, están por todos los lados. Respondo yo que cada lugar tiene sus cosas típicas y que en Londres debe ser el pollo. “Es verdad, en España tenéis la siesta y los toros”. Ya estamos. Cría fama… ¿Por qué -me pregunto más tarde- nadie habla de lo que duermen los chinos? Porque esos sí que se quedan dormidos de pié, en los parques, en el trabajo (es impagable estar al lado de un compañero de trabajo y verle cómo de repente sin mediar palabra, baja la tapa del portátil, pone los brazos y la cabeza encima y se sumerge en un profundo letargo con ronquidos incluídos),e incluso sentados en un rickshaw Pero no, los que dormimos somos los españoles, esa siesta mítica que poca gente que yo conozca hace regularmente, aunque los médicos no dejen de recomendarla.

En el hotel en el que me alojo (todo un extraño hallazgo en Londres) no me dan té, pero sí una tableta de chocolate de comercio justo 55% cacao y agua de Mondariz, un abotella cada día en mi mesita de noche. En la pared de la habitación hay un retrato de Emiliano Zapata y casi todo el personal habla español. Igual que en Picadilly. Eso sí que no cambia en Londres. Creo que Picadilly, Trafalgar, Leicester…es una de las zonas donde más oyes hablar español sin estar en un país hispanohablante (no vale EEUU, que ya es casi uno más de la hispanofonía). Eros siempre está rodeado de españoles. Y allí quedé yo, como buen español en Londres, con una amiga española. Sólo me falta ponerme a echar la siesta debajo de la fuente. ¡Que nos llevemos la fama por algo! Olé!

Y para llegar hasta allí, coche aparcado y autobús. Porque en Londres siguen funcionando muy bien los autobuses y el metro, eso sí que no ha cambiado. En el caso del tube, algunas estaciones y trenes parece que realmente cumplen los 150 años que celebran estos días. 150 años sin cambios ni renovaciones, excepto en el precio. 2,40 libras el viaje sencillo mínimo, menudo sablazo. Todo sea por tomarte unas pintas en el centro y  no conducir y sobre todo no tener que aparcar.

Mi segunda semana en Londres concluye conduciendo, claro, de vuelta a Heathrow. Ora vez de noche, esta vez con lluvia, poca visibilidad, casi no se ven las líneas ni las indicaciones. No pasa nada, otra cosa buena de los ingleses es que siguen siendo, como aquella primera vez con el 405 de mi padre (carril izquierdo, volante a la izquierda, copiloto atento en adelantamientos y cambios de carril…) menos agresivos que nosotros al volante. Te confundes, rectificas, hasces alguna maniobra extraña….no pasa nada, no te van a fusilar a claxonazos, como mucho alguna ráfaga de luces. Mientras yo me afano por no perder mi avión, en la radio cuentan cómo Beckham ha viajado a París en su jet privado  e incluso se plantea ir a los entrenamientos con el PSG los próximos meses desde Londres cuando haga falta. Hay otra vida mejor. Más noticias: Cameron convocará un referendum para ver si los ingleses quieren seguir siendo los socios privilegiados del club UE. En mi opinión, y según lo que he oído estos últimos días, sí que quiern, pero a a su manera. Como siempre. Pero ésa es otra historia.

Cuando llegué a España y cogí mi coche, no se me hizo raro entrar por el lado izquierda y situarme en el carril derecho de la calzada. ¿Despiste o capacidad de adaptación rápida?

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