Reentrada


Es Agosto y he vuelto a Europa.

La prima de riesgo, su evolución minuto a minuto, como si del resultado de un partido de tenis se tratara, preside las primeras páginas de los periódicos que me reciben en los kioskos el día que aterrizo en Barajas.

Después de casi cuatro años (tiempos felices aquéllos, entonces yo ni sabía que existía la dichosa prima), estoy en España sin que eso sea sinónimo de vacaciones. Por primera vez en muchos, muchos meses, me reúno con amigos y veo a la familia sin tener la hora límite marcada,  sin la certeza de un billete de avión que me devuelva a Pekín o a Bucarest, que me aleje de España. Besos y abrazos para todos, como siempre, pero sin esa sensación de cariño extremo hacia el que no sabes cuándo volverás a ver la próxima vez. Saludos de bienvenida, sólo de bienvenida, pues no habrá despedida de momento. Sin la pregunta “¿y hasta cuándo te quedas?”.

Pero primero, Madrid. Madrid en Agosto, que es igual a vacío, o así me lo parece; sitios libres, verdes y azules, para aparcar, trenes medio llenos, tráfico fluído y conserjes de vacaciones. Menos mal que están los correturnos (magnífica palabra ésta, que acabo de aprender) que me socorren en mi búsqueda de apartamento, mostrándome los disponibles y a veces dejándome las llaves para que los visite yo sólo. Aún siendo buena época ésta para buscar piso, las “buenas” oportunidades vuelan, y hay que darse prisa. Por la mañana, trabajar un poco con el General Eléctrico y de vez en cuando, peinar en la pantalla el mapa de Madrid seleccionando los puntos verdes que interesen. Por la tarde, patear y patear, subir, visitar, y anotar. Aunque sea Agosto, es estresante, para alguien todavía víctima del atontamiento del viaje transcontinental. Madrid vacío, yo buscando piso, y de fondo el rumor de la inminente visita de Benito XVI a la capi, lo único que anima un poco las tertulias (pues las bolsas y los catastróficos datos económicos ya han pasado a formar parte del día a día, ya ni se habla de ello).

Afortunadamente, todo está pensado, no es casual mi retorno en Agosto. Como el difunto transbordador cada vez que vuelve a la Tierra, mi reentrada a la atmósfera europea (muy densa y muy cargada) ha de ser suave, para no quemarme, así que tras las primeras, bruscas y cansadas maniobras en la Villa y Corte, pongo piloto automático hacia Holanda, tomando impulso antes en Palencia. Los aires frescos de la Tierra de Campos y los aromas de Amsterdam (¡por fin!) y los Países Bajos me ayudan a irme acostumbrando, poco a poco: a entender todas las conversaciones a mi alrededor, a las mini-cervezas a 20 kuài , a cenar en casa casi todos los días, y a no viajar en taxi, pero sí sentado y sin reserva previa, en un buen tren de cercanías.

Tomo el control de nuevo, prosigue la reentrada en Madrid, hace más calor, sigue la rutina de trabajo y búsqueda de casa. Por suerte, en breve vuelvo al piloto automático con rumbo a Polonia. ¡Qué mejor destino para hacer más agradable la reentrada!.

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2 respuestas a Reentrada

  1. Espero que esto no sea más que un “punto y aparte”, pues sin duda alguna los comentarios de túe periplos, viaje y aventuras, se han ido convirtiendo en un “Clásico” de la vida familiar, entre otras cosas por la amenidad que suponen y el frescoR d e los comentarios que, aun impenitente viajero como yo, le hacen recordar no muy lejanos tiempos.

  2. claro, pero todo el mundo tiene derecho a unos días de vacaciones, no?

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