Una historia cualquiera


Se conocieron en Setiembre.

Les presentó un amigo común hispano-francés. Él era un joven ingeniero, español, ella, un poco mayor que él, una empresa nacida en Bélgica, pero curtida en muchos otros países a lo largo y ancho del mundo. Él tenía unas enormes ganas de aprender, a ella le encantaba enseñar. Desde el principio, él se sintió abrumado por sus conocimientos, por su dinamismo y capacidad de adaptación,su tolerancia y flexibilidad, y con el tiempo, esos sentimientos se transformaron en admiración, y más tarde en sincera y correspondida amistad. Trabajaban juntos a menudo, se entendían bien y les gustaba colaborar, y junto con el amigo que les dio a conocer, formaron durante un par de años una productiva sociedad de conveniencia e intereses comunes. Los tres lo pasaban bien, disfrutaban y crecían, en lo personal y en lo profesional.

Un día de otoño, al amigo común le diagnosticaron una enfermedad grave, de indeterminada evolución pero de implacable y previsible final. Eso les unió todavía mucho más, y juntos prometieron, a toda costa, continuar y dar a conocer su trabajo allá donde fueran.

Murió un día de diciembre poco antes de Navidad, y antes de dejarse invadir por la melancolía y la tristeza, decidieron empezar a cumplir la promesa que ambos habían hecho.

Ella ya había estado en Rumanía. Para él sonaba a lugar exótico, casi desconocido, pero le contó maravillas, le habló de oportunidades, le hizo promesas, y finalmente le propuso iniciar una nueva aventura en ese rincón, el más oriental, de Europa. Él aceptó.

Fueron tres años pero parecieron tres minutos. Lo que en un principio fue una aventura y un reto profesional, pronto se convirtió en un divertido e interesante viaje de placer por la ribera del Danubio. Los Cárpatos y el Mar Negro fueron testigos de una provechosa y fructífera relación. Los amigos encontrados por el camino, también.

Fruto de la euforia por el trabajo realizado y cuando consideraron acabada su misión allá en la Dacia, decidieron continuar el viaje. Él propuso algún destino tranquilo, donde tomarse un respiro y recargar las fuerzas antes de emprender un nuevo reto. Pero ella quería más, y dijo que había un lugar que ahora estaba llamado a ser el centro de la Humanidad, un gran país donde todo era posible, alrededor del cual se movía el mundo. Ese lugar estaba más al Este, le propuso ir a China. Él dudó un instante, pero al final se emocionó con las perspectivas y volvió a confiar en ella, lo que, por otra parte, le había dado muy buenas resultados hasta entonces.  Al fin y al cabo, tras los años de Rumanía, el mundo se antojaba pequeño, y las posibilidades, infinitas, así que aceptó, y se fueron a Pekín.

Él llegó, de nuevo dispuesto a todo, y como ella también conocía aquél país y aquella cultura,  nunca dudó que eso les sería de gran ayuda. Al principio todo fueron buenas palabras, intenciones y parabienes, el futuro se presentaba prometedor, y los problemas parecían apartarse del camino, ante el avance de los dos con determinación. Pero, a diferencia del pasado, ahora, detrás de cada idea había un pero,  a cada propuesta le acompañaba una observación, debates y discusiones ralentizaron el progreso e intoxicaron el entendimiento mutuo.

El ambiente se enrareció y comenzaron a distanciarse, ella con la excusa de atender otros asuntos, decía que tenía mucho trabajo, pero no le dejaba ayudarle, y como él no tenía excusa, el tedio comenzó a ocupar el espacio dejado por la ilusión. A pesar de las sonrisas y el disimulo a veces evitaban mirarse, y en sus conversaciones pronto empezaron a aparecer tabúes, cuestiones prohibídas cuya mención provocaba incómodos silencios y convenientes aplazamientos. Esa conveniencia, la que les unió en un principio, y con la que se entretejían sus vínculos desde hacía ya varios años,  comenzó a deshilacharse, y cada vez estaba menos claro hacia dónde caminaban juntos.

Y entonces apareció.

Ella era española, pero de una familia americana cuyas raíces  se perdían en la génesis de aquella nación de estados. Llegó sin hacer ruido, sólo para hablar, con la excusa de compartir experiencias, y él, cauteloso, aceptó un par de veces por teléfono. Fue agradable, nada más que eso. Algún tiempo después, casi como por casualidad, la vida decidió que se encontraran frente a frente, que hablaran, que se conocieran. Se cayeron bien, nada más que eso. Y prometieron seguir en contacto.

Al mismo tiempo, su relación, estable y compensada en otro tiempo, comenzaba a volverse insoportable. De manera que a la siguiente oportunidad que tuvo, no pudo evitar mencionárselo a su nueva amiga, aunque hasta entonces había sido bastante cuidadoso al respecto. Ella, atrevida, le hizo una proposición. “¿Cómo te atreves? dijo él, entre indignado y sorprendido. Y se marchó.

Pasaron las semanas, y por más que no quisiera pensar en ello, no podía quitarse de la cabeza esa conversación y cuanto aconteció en la misma. Y cuando, sin esperarlo, recibió su llamada para disculparse e interesarse por él, entonces, de repente, lo vio claro: No merecía la pena seguir esforzándose en algo que obviamente había dejado de funcionar hace tiempo, o que al menos no funcionaba como es debido, así que, sin dejarle hablar, aceptó sus propuestas, se echó en sus brazos.

Ella encajó el golpe con la misma pasividad que había mostrado en los últimos meses, y al principio no se molestó demasiado en mostrar sorpresa, incredulidad o estupefacción. Con un pragmatismo y un sentido del deber germanos, pasó a valorar y a enumerar los aspectos prácticos con los que debería desarrollarse el desenlace. Sin embargo, ya sea por respeto, por verdadero interés o por sentido del deber -a estas alturas a él ya le era difícil averiguarlo- intentó retenerlo. Lo intentó ofreciéndole incluso aquello que él había pedido desde el principio y que ella le había sistemáticamente negado y menospreciado. Pero para entonces ya era evidente que el problema iba más allá, que era una cuestión de confianza perdida, de respeto, así que se mantuvo firme. Nada pudo hacer ella para tornar la situación. La suerte estaba echada, y ya sólo quedaba darse la mano cordialmente deseándose lo mejor. Él hasta sintió alguna lágrima asomar, después de todo, había mucho de lo que acordarse, mucho recuerdo del que enorgullecerse. En su nueva e incierta nueva vida, definitivamente, la echaría de menos.

Se separaron un día de Agosto.

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2 respuestas a Una historia cualquiera

  1. Tu tio dijo:

    Bueno Fernando, este es el comienzo de una excelente novela. Tiene todos los ingredientes e incluso un final perfecto para el último capítulo: “… Se separaron un día de agosto…”
    El Thriller está servido.
    Hasta pronto.

  2. Caray, Fernando, casi me has hecho llorar y mira que es dificil. Bonita historia que espero tenga un final feliz. El novio se lo merece, siempre lo he creido. Hablaremos pronto, espero y no te preocupes, las heridas cicatrizarán, como no.

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