55 horas en Pekín (II)


Regalito de la "Selección" de Pekín

Las que me quedaban cuando empecé escribir esto.

Estoy ya en el aeropuerto. Hace diez días también estaba aquí, cuando Florina se marchó. Se fue tras 99 días en China, sólo interrumpidos con aquél obligado pero maravilloso, paréntesis y al mismo tiempo apogeo de las “vacaciones” que significó la visita a Filipinas. Mentalizada ya desde hacía días de que su tiempo en Pekín se acababa, no se molestaba en ocultar más sus sentimientos hacia China y los chinos. En mi opinión estaba justo en el punto (entre tres y cuatro meses) en el que una persona normal decide si esto le gusta o no, el momento en el que, si no lo habías hecho antes, has decidido que tu paciencia y tu tolerancia sean tu guía en el día a día y la relación con esta cultura y este país. O eso o explotas. Tampoco hay que exagerar, y además no lo llevó para nada mal, pero sí que al final le soltó algún improperio a algún chino de esos que cuando ven que no les entiendes ni papa de lo que les dicen te miran y se ríen. Al menos se lleva, entre otros muchos (como la comida), un último recuerdo agradable.

Para su sorpresa, el último día en el hospital sus compañeros de trabajo la despidieron organizando una cena a la que, de paso, me invitaron a mí también. Además de pagar la cuenta, no pararon de decirme lo mucho que “lománia” (tras localizar su país de origen, y comprobar que era imposible pronunciar la combinación “fl” de su nombre propio, pasaron a llamarla así)  les había enseñado y cómo, en cierta manera, les había abierto un poco la mente. Literal. Como le dije yo al irnos, “te acordarás de todos estos meses con cariño y nostalgia, echarás de menos China”.

Suena Louis Armstrong de fondo en el Starbucks (no hay mucho más donde tomarse un café que se aproxime a café en la terminal 2), pues eso, qué va a sonar de Louis Armstrong!. No sé si Louis Armstrong viajó a China, imagino que no.

Yo también tuve mi cena de despedida con mis compañeros de LMS China, a los que invité a cenar unos patos laqueados en el Quan Ju De, el de la Villa Olímpica, el mejor lugar de Pekín. O eso dicen ellos, porque a mí me gustan otros, como el Dadong y algunos otros sin tanto glamour y más baratos, pero bueno, éste creo que fue designado por el COI como “Pato Laqueado oficial de Beijing 2008”, o por lo menos allí tiene con orgullo colgadas las fotos de Samaranch y de un montón de atletas. Me salió por un riñón (para lo que se viene pagando en China, quiero decir) pero así le di una lección de esas de bravucón español a mi tedesco jefe. De esas de: “pá coj.. los míos, trae acá esa factura” justo después de que insinuara un ligero e imperceptible gesto de ir a pagar (bueno, él no, la empresa). Pero es que estaba animado, pues en la mesa habíamos estado discutiendo de muchas cosas de historia reciente europea, sobre todo porque uno de los compañeros es un chino listillo, un figura con una prodigiosa memoria e interés por Europa, un chino al que le suena el himno de la Unión Soviética cuando le llaman al teléfono y que tararea el español (y lo llama correctamente Royal March, además), mientras trabaja. Vamos, que la cena estuvo interesante y animada. Les echaré de menos.

Pero es que además tuve otra cena de despedida con los amigos españoles que dejo aquí. Bueno, vale, en realidad la cena era por un cumpleaños, no por mi despedida, pero me dieron un regalito! Así que cuenta como medio cena de despedida. Aunque aquí no pagué nada, ahora que lo pienso. Ups!

Y me quedé solo en el piso, pero por poco tiempo. Los nuevos inquilinos que he encontrado son una pareja israelí (judío y judía, cuánto judío he encontrado yo aquí en China, oye, ya sabéis que siempre van donde hay negocio, por eso en España ya no debe quedar ni uno…) que me pidieron por favor si podían mudarse a partir del día 1, que su antiguo propietario les echaba. Como eran gente majetona les dije que sí, claro. El caso es que ayer salí yo de paseo con los valencianos que estaban de visita , y cuando volvimos por la noche, no cabía, literalmente, un alfiler en casa. Tienen de todo! Claro, llevan ya unos cuantos años en Pekín y ya se sabe que habrán tenido muchos negocios que hacer.

Y entre preparar una cajita que mandé a casa, trabajar un poco (como pasa siempre, en los días en los que dejas un puesto, parece que la cantidad de trabajo aumenta y las ganas de hacerlo disminuyen), hacer la maleta, y despedirme de los de aquí, pues se pasan los días. Y con el fin de mi estancia en China llega también el fin de Posguerra de Tony Judt, su lectura me ha acompañado durante estos meses y las últimas páginas las he ido alargando para que me supiera a más, todavía. Impresionante, es lo único que se puede decir cl concluirlo. Pero no es un libro precisamente “de bolsillo”, no me servía para leer en el autobús, así que en mis diarios trayectos en el 406 (gran descubrimiento para sustituir al siempre atestado metro), me acompañaba Ortega. En papel, porque no tengo iPad, lo cual sorprende a los chinos, absortos en sus pantallas digitales. Un occidental, y leyendo un libro en un autobús. Rara avis en China. Creo que es un buen lugar, China, para leer a Ortega hablando del hombre-masa.

Me voy, tengo que embarcar. Adios, Pekín, adios, China. Adios, amigos, fue un auténtico placer!

me voy!

Después de todo, yo también echaré de menos todo esto.

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Una respuesta a 55 horas en Pekín (II)

  1. El placer ha sido nuestro Fernando, que tengas un buen viaje.Suerte en tu próxima aventura. Un abrazo. Cifu

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