De cómo acabó mi carrera de modelo


Uno de los mensajes repetidos por mi jefe  cuando hablábamos de venirme  a China era que en este país ocurrían tantas cosas y tan deprisa que había oportunidades inesperadas para todo el mundo, fueras lo que fueras y vinieras de donde vinieras. Todo se está moviendo, decía, todo está creciendo y cambiando constantemente a un ritmo y a una escala como jamás se ha visto en el mundo, y es una gran ocasión participar en ello. La parafernalia habitual, vamos, de alguien seducido por Oriente y lo oriental, y que intenta convencerte para que te dejes seducir también. Y sobre todo, que ante la falta de tentación pecuniaria, había que refinar la propaganda para intentar que viniera a unirme a su equipo, cosa que no había conseguido con otros, por lo que supe después. Propaganda que yo valoré como es debido, atribuyéndole la credibilidad que, a mi entender, podía merecer. De todas maneras, mi jefe parecía no saber que yo ya no pertenecía a esa generación de expatriados a los que parecía que les tocaba la lotería cuando su empresa les mandaba lejos de casa, y que yo no esperaba que me hicieran una oferta que me arreglara la vida en tres años, como si fuera un futbolista; ignoraba él que no me tuvieron que insistir mucho (más bien al contrario) cuando me marché a trabajar fuera de España, y que me van bastante esa clase de desafíos. De todas maneras, ante la política de empresa de no ofrecer suculentos incentivos económicos para la expatriación, él pretendía tocarme la vena épica, venderme que iba a formar parte de algo histórico, y que a la historia pasaría, aunque no sé si a la de China o a la de la empresa, por ser el primero al que engañaban. No puedo decir que no me picase un poco la curiosidad, y más sabiendo que parte de razón tenía, ya que a nadie se le escapa que, hoy, y ante el declive de Europa y en menor medida de Estados Unidos, es China el horno que cocina los asuntos del mundo. El poder se ha desplazado históricamente de Este a Oeste, y ahora parece que está cruzando el Pacífico. Además, una nación comunista que está absorbiendo y asimilando rápidamente lo más salvaje del capitalismo está claro que tiene que tener lugar para todos y para todas las ideas. Por otro lado, también me atraía la posibilidad de viajar por Asia, y teniendo como base de operaciones “la China”, se me abría todo un horizonte de países vecinos por descubrir.

Así que, tras un poco de negociación (la épica y la afición por la aventura no son incompatibles con las ganas de vivir lo más cómodamente posible, digo yo) hice las maletas y me embarqué en este periplo chino en el que ahora me encuentro. Me dispuse a descubrir qué había de cierto en todo lo que se decía de China y de los chinos, y hasta me propuse, por supuesto, aprender (o al menos intentarlo) el idioma, pues de otra manera mi descrubrimiento quedaría incompleto.

Pese a mi incredulidad sobre las palabras de mi jefe, tengo que decir que al poco tiempo de aterrizar en Pekín tuve que darle la razón: en este país de locos, las oportunidades son inesperadas e insólitas, porque que a mí se me ofreciera la ocasión de ser modelo es algo que entra dentro del género de la ciencia-ficción.

La historia comienza una tarde cualquiera, en el momento en el que entro en el ascensor de casa dispuesto una vez más a contener la respiración hasta el octavo piso, cuando alguien interrumpe la operación de cierre de las puertas y entra en el último momento. Oh, sorpresa, es un chino. Sin apretar ningún botón que indique dónde vive o a qué piso se dirige, comienza a hablarme en un inglés inteligible para mí y tras las habituales  de dónde eres, trabajas aquí, cuánto tiempo llevas, me deja de piedra proponiéndome que suba a su casa a hacerme unas fotos. El chino capta mi desconcierto y se apresura a explicarme sus intenciones. Mi estupefacción se va transformando divertida curiosidad mientras le escucho y un par de minutos después estoy en su apartamento, que no es otro que el que se sitúa exactamente un piso por encima del mío, lo cual me causa todavía más gracia; de un tiempo a esta parte andábamos dándole vueltas a la posibilidad de subir las escaleras para explicarle al vecino de arriba que no hace falta esperar todos los días a que den la una de la mañana para poner la lavadora, regalarle unas zapatillas que no hagan ruido cuando arrastre los pies, y requisarle las bolas que torpemente deja caer cada vez juega con ellas distraidamente mientras trabaja sentado al ordenador. O en su defecto, enseñarle otro juego. Por uno de esos impredecibles quiebros del destino, ya no va a hacer falta que nos autoinvitemos a su casa ni que aprendamos cómo decir en chino nuestras propuestas, pues él mismo nos ha invitado y además habla inglés.

El mandarín es de profesión fotógrafo, y está interesado en hacer unas fotos de occidentales y occidentalas para incluirlas en su base de datos que, según nos explica, compartirá en este caso con un cliente, un director (de cine, imagino), que quiere hacer un reportaje sobre…el amor, y necesita caras occidentales para ello. Hay que decir que, en China, muchos, muchísimos anuncios están protagonizados por rostros occidentales e incluso los dibujos animados de consignas de utilización del metro tienen grandes ojos redondos.  La situación me divierte enormemente, además no tengo nada mejor que hacer esa tarde y me apetece saber dónde acabará todo esto.

Una a una atendemos las peticiones del profesional (detrás de  la cámara lo parece un poco más que cuando me asaltó con su inglés dubitativo en el ascensor), incluso cuando nos pide cantar una canción o bailar algo. Un buen juego de fotos y algún vídeo conforman esta intensa sesión, al final de la cual nos obsequia con un vaso de agua (caliente, claro), las fotos  y la promesa de darnos más noticias en cuanto tenga él alguna del director.

Modelos pekineses

Modelos pekineses

Ni 24 horas han pasado cuando Florina recibe una llamada de nuestro nuevo amigo, llamémosle Zhou. Era de esperar: ella es más guapa, más joven, más exótica, ha hecho poses más originales en las fotos, y su interpretación de la danza del pingüino cautiva a cualquiera… Pero no! …Zhou quiere hablar conmigo, pero no tiene mi número de teléfono correcto. No puedo decir que me alegré, pero sí que algo raro le pasó a mi ego en ese momento, y por supuesto acepté su proposición de vernos esa misma tarde para contarme las novedades: “al director le gustan tus fotos y quiere hacer una prueba mañana, ¿vendrás? También quiere saber si estás dispuesto a venir pasado mañana todo el día, para el rodaje del anuncio”. Todo el día, un día laborable, hombre, ahí ya tengo que reflexionar un poco. Ausentarme de un trabajo al que prácticamente acabas de llegar, alegando que vas a rodar un anuncio, no sé… “¿Cuánto pagan? ¿Porque esto se paga, verdad?” Él dice una cifra, yo el doble, necesito tener una motivación extra para excusarme convincentemente delante de mi jefe, si usted me entiende, señor Zhou. Quedamos en ir a hacer la prueba con el director y decidir después.

El nudo de esta historia es al mismo tiempo el desenlace, y como ya se adivina en el título, la cosa no dio para mucho más.

Zhou, Florina y yo nos fuimos en taxi hasta el otro extremo de Pekín, o sea, muy lejos. Allí, en la cuarta planta de un viejo edificio, se encuentra lo que parece ser un centro de casting y captación de talentos y en la sala de espera se encuentran unas diez personas, y todas extranjeras, entre las que yo no pinto mucho, advierto nada más llegar llegar (y qué me esperaba?). Dos jóvenes con aspecto de escandinavas esperan de pié junto a la puerta de lo que parece ser la sala donde te someten a la prueba que hemos venido a hacer. En el sofá, una chica de color negro, altísima, con pelo negro y rizado, perfectamente ataviada y maquillada como si fuera directa de ahí a un club de Sanlitum, habla en portugués con otra chica, mejor, una muñequita de no más 19 años, que sabe lo atractiva que es y actúa en consecuencia, no mirando a nadie en particular pero dejándose mirar y llamando la atención de todos. En la conversación con su compañera interviene de vez en cuando un chaval que está en frente, de pie, y cuya indumentaria y actitud, como la de las chicas, revelan que tampoco es la primera vez que se ve en una de éstas. El trío del sofá lo completa otro joven de altura kilométrica, en apariencia más tímido porque no dice nada, y con unos rasgos afeminados de anuncio de colonia. Ni que decir tiene que el único que presenta barba de tres días y que lucía un peinado ordinario (gracias a la inspiración del peluquero de debajo de casa, tres días atrás) es el que suscribe. Ya digo que yo no pegaba mucho allí, pero por eso precisamente me sentía divertido e incluso, porqué no decirlo, importante.

Estoy seguro de que antes de la sesión de fotos que realicé mientras respondía a preguntas del director, iluminado por potentes focos, Zhou ya le había contado mis “problemas”, y el director valoraba ahora si valía la pena, si realmente mi cara, mis expresiones y mi fotogenia merecían la molestia de andar negociando y discutiendo, cuando tenía fuera otros cinco o seis candidatos, sin impedimentos profesionales ni pretensiones económicas que se morían de ganas de participar en lo que fuera que se estaba cociendo allí, que yo aún no lo tengo muy claro. De lo que no estoy seguro es de si ya lo había decidido cuando yo salí de la sala con una sonrisa de oreja a oreja, sintiendo las miradas de mis colegas de espera, que sin duda no entendían qué pintaba yo allí. El caso es que, al despedirnos, uno que parecía ser una especie de asistente, mantuvo una conversación de unos cinco minutos con Zhou. Al preguntarle qué le había dicho, él resumió diciendo que iban a pensarlo y aquella noche nos dirían algo.

Ni aquella noche ni nunca, a medio camino entre una broma y una posible reorientación de mi futuro profesional como modelo o actor, mi cuento de la lechera (creo que le llegué a hacer a Florina una oferta concreta para convertirse en mi agente, o en mi secretaria, o ambas, qué sé yo…) duró las horas que tardé en convencerme de que mi teléfono no estaba estropeado, es que no me llamaba nadie para contratarme.

¿Fue mi voracidad económica la que truncó mi incipiente carrera o realmente no estaba llamado a cambiar los decibelios por las cámaras, y fue la mala intuición de un fotógrafo la que alimentó estas expectativas? Nunca lo sabré.

No volvimos a saber de Zhou, ni siquiera he vuelto a cruzarme con él en el ascensor, pero al menos ya no nos despertamos a mitad de la noche con el ruido del centrifugado.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en China y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a De cómo acabó mi carrera de modelo

  1. Tu tio dijo:

    Querido sobrino.
    Ves como el mundo es una aventura. Tú cual nuevo Marco Polo, encuentras en Catay aquello que la vieja Europa no quiso, o no supo encontrar en tí. Tu vena de actor, modelo, líder, conductor, (aplíquese lo que más convenga).
    Me he divertido mucho con esta nueva entrega que, sinceramente, me parece un fiel reflejo de lo exótico que puede terminar siendo cada día, siempre que uno acepte las sorpresas que le pone la vida a disposición y que le sacan del muermo en el que te sume la rutina.
    Bueno ánimo que lo mismo antes de que vuelvas tienes una propuesta para participar en una de esas superproducciones que realizan en China, al mejor estilo de las grandes óperas que algunos días vemos Bei Xi y yo en la CCTV.
    No vemos.

  2. Papá dijo:

    Pues si, la vida cada día te puede proporcionar una aventura por muy monótona que parezca la de una pequeña capital de provincia en tierras de Castilla; realmente esta circunstancia, dado nuestro especialísimo caracter, no es casi nunca cierta pues la gran pasión hispana, el ejercico de la envidia, habitualmente “..no deja ver el bosque…” ante lo cual uno tiene que practicar la resignación y el pensar que: Hoy puede ser un gran día, hasta que llegue algún ::::, que te lo estropee.
    De todas las maneras, algún día escribiremos un guion sobre las aventuras de un palentino en china.

  3. Caramba, Fernando, realmente ¡qué cosas! Ni en mis pesadillas mas surrealistas hubiera podido imaginarte precisamente a ti en esas circunstancias. Y no porque no te considere lo suficientemente atractivo para protagonizar lo que sea, al fin y al cabo mis hijos son lo más lindo del mundo. Pero… bueno, si, realmente, algo de actor puede que tengas, sobre todo de actor cómico, por ejemplo. En fin, nunca desesperes. A saber lo que te reserva la vida: un abogado que termina de futbolista… Un bravo marine, de actor de Holliwood… o, al revés, un mediocre actor, de Presidente de los USA.
    En cualquier caso, te considero capaz de meterte en cualquier cosa, aunque, a decir verdad, cuando empecé a leer tu relato, también me preocupó un tanto en qué iba a terminar toda esa historia, si sería una especie de control policial o algo peor. Así que, en el fondo me alegro que se haya ido al garete. No me fio de esos chinos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s