Filipinas: El Asia católica de tenedor y kutsilyo


Filipinas y Rizal

Manila, 12 de Junio de 2011. Caminamos en dirección sur por el Bulevar Roxas, las tranquilas aguas de la bahía a la derecha, y largas hileras de vehículos militares y kotses de pulisya a la izquierda. El ambiente es festivo, aunque la tensión de los soldados preparados para otro desfile dentro de los actos del Día de la Independencia se masca en el aire, eso sí, sin disimular los intensos aromas que emanan del agua “perfumando” la atmósfera. Al dejar atrás el inmenso recinto de la Embajada de los Estados Unidos – como por casualidad, ubicada con unas excelentes vistas a la Bahía de Manila- el Sol enfila ya los últimos tramos del recorrido que le esconderá, como cada tarde, bajo bajo el horizonte para dar paso a las estrellas, ese sol y esas estrelya  que conforman la bandila de Filipinas, que hoy ondea por doquier.  Es el final de un largo y espléndido día en la anteriormente-conocida-como Perla de Oriente, un día de celebración y orgullo nacional que, sin saberlo previamente, ha supuesto el colofón a nuestra primera y corta experiencia filipina.

Los americanos, con vistas a la Bahía

Al alejarme del griterío y la multitud que se agolpa en el Parque Rizal, mis pensamientos vuelan a este mismo día, pero de hace 113 años, cuando los filipinos creyeron conseguir lo que se merecían, y se consumó el desastre que los españoles nos merecimos.  Pienso en lo que hubiera supuesto que nuestros gobernantes hubieran tenido la cabeza llena de sentido común y no de orgullo y codicia. Imagino lo que hubiera sucedido si estas maravillosas islas hubieran seguido unidas a España, a modo de commonwealth  hispana. Tonterías de un nostálgico incurable, puede, pero al subirme al taxi y contemplar por última vez la bahía, no puedo reprimir un lamento: ” ¡Ay, qué lástima!”.

Sólo han sido cinco días, y sin embargo parece que ha transcurrido un mundo desde nuestra feliz llegada al aeropuerto de Pekín, preparados  para embarcar en el eroplanoque nos llevaría a Manila. Superado ya el “pánico meteorológico” de las predicciones de Accuweather que anunciaban el comienzo con fuerza de la temporada de lluvias y tifones en Filipinas, nos habíamos olvidado del otro pánico, mucho más real, que hay que afrontar antes de coger un avión; cada vez más, los aeropuertos se me asemejan a un videojuego, de los clásicos, de esos en los que tienes que ir pasando pantallas, cada una con su complicación respectiva. En este caso, pasamos todas las pruebas y niveles sin mayor complicación, pero ahí está, siempre paciente, esperando, el “monstruo del final”, imposible de controlar, hasta que encuentras “el truco”. Para superarlo no vale la astucia, hay que tener, además, suerte. Nosotros no la tuvimos al principio, nos costó 20 horas encontrar la manera de superar al “Cebu Monster”, y lo peor es que nunca sabremos exactamente porqué opuso tanta resistencia, como si deseara evitar a toda costa que llegáramos a Filipinas. No importa, finalmente, a las 2 de la mañana aterrizábamos en NAIA (Ninoy Aquino International Airport) donde nos esperaba…una lluvia torrencial. Como dijo Accuweather.

¿hay mejor manera de desperdiciar 20 horas de tu vida?

La amabilidad de los agentes de inmigración y del taxista fue un buen prólogo de lo que nos encontraríamos los días siguientes, e incluso en este caso el kotsero tuvo el detalle de no intentar la estafa con unos recién llegados cansados y aturdidos. Pronto aprendimos que esto no era la norma, pues en Filipinas, el uso de taxis, trycicles, barkos o cualquier otro transporte de precio “no regulado” conlleva una ardua negociación en torno al precio a pagar, y yo personalmente siempre me he quedado con la sensación de pagar demasiado. Recordaré especialmente la negociación para llegar a kabayo hasta el cráter del volcán Taal. El acceso al volcán está prohibido, en teoría, pues se encuentra dentro de la lista de volcanes activos de Filipinas, y con actividad detectada a diario, pero una tupida y eficaz red de  amigos transportistas te acerca rápidamente al lugar. Tras pasar (y negociar) con el el trycicle y el de la bangka, estás preparado para ser timado por el dueño de los famélicos caballos.

Los dos primeros ya se han encargado de orientarte en el precio que es normal pagar por ello, y de advertirte que la única manera de asomarse al cráter (“you will see the lava!!!, you will see the boiling water!!”) es a lomos de una bestia, pues está prohibido caminar. El amigo marinero incluso te ofrece sus servicios para ayudarte a obtener un buen precio con el patrón. Una vez comenzada la discusión con éste , tienes la sensación de estar negociando tu libertad con el miembro de alguna guerrilla en medio de una selva centroamericana, y cuando te da la espalda para largarse con los billetes del precio acordado, ni siquiera se molesta en esconder las risas y sonrisas con sus trabahadores. Los conductores de los caballos intentan, por supuesto, que les dés una propina a ellos, así como la señora desdentada y con sombrero que, estratégicamente colocada en el punto de destino, te suministra serbesa San Miguel mientras disfrutas del fabuloso entorno (Look at the lava!! look at the boiling water!!). Pero los integrantes de esta red turística no se respetan ni entre ellos. Procurando conseguir, supongo, el mayor beneficio posible, durante la singladura de retorno, el marinero intenta convencerme de que, al llegar, le diga al conductor del tricycle que le precio que he pagado por los caballos es la mitad de lo que en realidad ha sido. A estas alturas, mi cara de turista debía de ser ya un poema y cualquier cosa valía.

Fernando, timado

"You will see the lava!!! you will see the boiling water!!!"

Así es el pilipino, supongo; pícaros, serviciales, luchadores, perezosos, simpáticos pero serios, negociantes.  ¿Lo eran ya en tiempos de la colonia? Probablemente sí, quizás la única diferencia con respecto a nuestros días es que hoy, hasta el niño más humilde de los que deambulan por Malate le daría un repaso en inglés a cualquiera de los políticos españoles, entonces como ahora, ineptos en su mayoría. Rizal escribió mucho sobre su pueblo, y sobre los políticos también. Como muchos otros ilustrados españoles, admiraba de sus paisanos las mismas virtudes que criticaba.  Hoy se pueden leer en el memorial que le homenajea en Intramuros (en español, claro), lo que decía sobre la indolencia de los filipinos, pero también sobre el poco interés de los españoles en una lejana tierra que podría haber sido nuestra Joya de la Corona, y la rabia que le producía que, mientras que los ingleses defendían y se sentían orgullosos del té de Ceilán o de las sedas de la India frente a los productos chinos, los españoles peninsulares mostraban indiferencia y apenas sabían algo de esas maravillosas tierras de Asia que él tanto amaba.

caminando hacia el volcán

Tras la dura negociación

Tierras paradisíacas, como Siquijor, una más entre las 7.107 islas que conforman el archipiélago filipino, y que constituyó nuestro “momento playa” durante esta corta incursión en Filipinas. Para llegar allí, como siempre, carrusel de transportes y consiguientes negociaciones: Taxi, avión, tricycle, ferry, jeepney y…oooohhhhhh!!!…la casita al borde, pero al borde, borde, borde del mar (para qué negarlo, por mis ojos pasaron de nuevo las imágenes de casitas como esas arrasadas sin remedio por un tsunami). Y qué casita, lujo asiático bajo techo de palmera. La delicia del turista en busca del paraíso. Creo que en el precio (nada elevado) de la choza va incluído el buen tiempo. pues nos respetó, y pudimos disfrutar como se debe de un lugar así, aunque quedaron, en las cosas pendientes por hacer, el recorrido de la isla en moto, y unas cuantas visitas , entre las que se encuentra el kumbento de S. Isidoro, el más grande de filipinas, fundado en 1884. También queda pendiente la puesta de sol sin nubes, aconsejada insistentemente por mi agente particular de viajes filipinos, que dice que es la más bonita del mundo (con permiso de Clinton y la Alhambra).

pendiente de ver sin nubes

vista desde la ventana de la choza

Nuevamente, el carácter filipino nos sorprendió a la salida (con mucho dolor y mucha pena) de la isla. A pesar de llegar al ferry de vuelta con tiempo suficiente, ya no había plazas, lo que implicaba que nos metían en el siguiente, trastocando completamente la cadena de transportes que nos llevaría, dos días más tarde, de vuelta a Pekín (tengo que decir que, dadas las circunstancias, tampoco me hubiera importado demasiado alargar mi estancia). Pero, con una parsimonia digna del intenso calor húmedo que nos envolvía, el empleado me pidió mostrarle mi billete de avión de vuelta a Manila, comprobó que, efectivamente, lo iba a perder si no cogía ese ferry, y, borrando a al individuo Alvarez y al individuo Nelson de la lista de pasajeros, nos dio sus billetes a nosotros. Instintivamente yo ya abría mi cartera para agradecer el favor, imaginando que esto tendría un precio, pero el hombre sonrió, y se retiró, negándose incluso a que le invitara a una cerveza para sofocar el calor.

Gracias a él estábamos a tiempo en el avión a Pekín (otra vez con retraso, aunque  a quién le importaba esta vez…!!) contemplando las luces de Manila alejarse por la ventanilla. Atras quedaba Intramuros, pero nos llevábamos con nosotr0s el cansancio (y el sudor) de las horas dedicadas a recorrer sus callejuelas, llenas a partes iguales de historia y de miseria, porque aquí hay de todo: para los que buscan playas de anuncio de ron, Filipinas. Para los que quieren senderismo y rutas originales, Filipinas. Para los que bucean o quieren hacerlo y obtener el PADI, Filipinas. Y para mí, que gusto  también de la historia y la búsqueda de los orígenes, también Filipinas, y sobre todo, Intramuros.

Guiados por un plano del año 1851, y acompañados por los himnos que resuenan por los altavoces de Fuerte Santiago ensalzando el espíritu nacional en este Día de la Independencia, vamos recorriendo las calles, mantenidos trazados y nombres originales, los mismos que en la fecha de edición del plano. Varias guerras, invasiones, salvajes bombardeos, derrocamientos de regímenes… y nadie ha sentido la necesidad de cambiar las denominaciones de CabildoLegazpi, Urdaneta, España o Sta. Lucía por Solidaridad, Igualdad, o Víctimas de los Españoles, por ejemplo.  ¿Pero es que esta gente no ha oído hablar de la memoria histórica? Se ve que todavía es un país subdesarrollado, que no se ha tomado ni la molestiya de desarrollar leyes para derribar las estatuas de Carlos IV o de Felipe II.

Catedral, Fernando y Carlos IV

¿Tanto homenaje a Rizal y no guardan rencor a sus asesinos? Imperdonable, diría alguno, indignado. Impagable, digo yo. Pero no sólo eso; a pesar de algunas excentricidades como que todo  el parque que rodea Intramuros sea un gran campo de golf (con redes anti-proyección-de-bolas asomando por encima de los baluartes), todos y cada uno de los lugares de interés señalados en el mapa de 1851 están perfectamente indicados con un panel explicativo en el lugar correspondiente, incluso cuando del edipisyo correspondiente no quedan ni los restos, como es el caso de la Universidad de Sto. Tomás, reemplazada hoy por el Banco Filipino.  Es un placer observar que han conservado lo que han podido (o lo que quedó después de 1945) y que están restaurando algunos edificios míticos en ruinas como el Ayuntamiento, y da gusto poder hacer el recorrido sobre casi la totalidad de la muralla, de baluarte en baluarte, donde han dejado (o repuesto) los cañones, hasta alguno de los que formaron la guarnición japonesa. 

Fort Santiago y el golf

De Fort Santiago a la Puerta Real, de la Casa del Gobernador al Colegio San Juan de Letrán, pasando por la Catedral -reciente, pero con aires muy clásicos- y la Iglesia de San  Agustín -realmente antigua, la que más en Filipinas- el recorrido es también un viaje (imaginario, pues son más los nombres que lo que queda en pie) en el tiempo, a la Manila española, esa próspera ciudad de ricos comerciantes, activos empresarios, curas, frailes y soldados de rayadillo.  No todo es perfecto, también hay ciertos lugares donde la basura se amontona junto a las piedras, y frecuentemente te ves asaltado por niños pidiéndote dinero. Tampoco puedo asegurar, desde mi limitada experiencia manileña, que me atrevería a deambular sólo y por de noche en Intramuros, pero en cualquier caso la sensación de peligro en esta gran urbe es mucho menor que la que he tenido en capitales de Brasil o Venezuela.

De vuelta en Pekín, no tengo tiempo ni de salir del aeropuerto cuando se me ocurre que el listillo de MacCarthur tenía razón: Yo también quiero volver y volveré, aunque espero no tener que destruir la ciudad para ver cumplida mi promesa. Además tengo pendiente buscar a mis antepasados, que seguro que alguno habrá. De momento, un vistazo a la guía telefónica muestra varias decenas de “Inigo” y otros cuantos “Palencia”.

Palencia en Filipinas

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6 respuestas a Filipinas: El Asia católica de tenedor y kutsilyo

  1. Tu tio dijo:

    Querido sobrino.
    No te puedes imaginar lo que he disfrutado leyendo esta nueva “crónica”. Sobre Rizal ya tendremos ocasión de charlar, pues el nuevo ensayo que estoy leyendo y del que te hablaba antes de tu singladura a Filipinas (en honor del “rey prudente”), es una auténtica joya por su esmerada elaboración y, sobre todo por la crítica que hace sobre los documentos reales, la evidencias, como el memorial a ese personaje que “le dolía Filipinas, porque amaba a España” y nunca se lo entendieron.
    Bueno gracias por la crónica, magnífica invitación, a través de la envidia que provocas, para ir a Filipinas, a donde por supuesto yo iré.
    Un abrazo fuerte.

  2. Papá dijo:

    ¡¡ Magnífico resumen de una expléndida andadura!!
    Ya te contestaré más extensamente que ahora no me da tiempo y, además, creo que Nacho ya lo ha hecho casi por los dos.
    Me alegro de que el Mapa de 1851 esté de pleno vigor.
    Un abrazo

  3. Javi 2 dijo:

    ¡Fernando … eres la leche! Impresionado me he quedado cuando he visto sólo el enlace para acceder a esta página. Y al leerlo más.
    Saludos desde El Puerto.

  4. FJav2 dijo:

    ¡Impresionado me he quedado … y más al leerlo! Por cierto, ¿te acordaste de asegurarte de que de verdad no quedaba ninguno de los de “los últimos de Filipinas”.

  5. Fernando dijo:

    pues alguno quedará, porque con la cantidad de apellidos españoles que hay en la guía… Aunque por falta de tiempo no pude ir a Baler a comprobar lo que aueda de aquella gesta, fruto de una cabezonería muy española. No pude, como digo, entrar en aquella famosa iglesia, como me hubiera gustado, bandera en mano y con el himno nacional de fondo 😀 . Pero tiempo al tiempo!

  6. Pingback: 55 horas en Pekín (II) | Periplos

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