Europa del Este (II)


Enjoying Europa del EsteLa bandera española figura en un lugar de honor en el Museo de la Ocupación (que no de la Resistencia) de Riga. [Mi liberación definitiva del piso de Vasile Conta en Bucarest me ha hecho reencontrarme con muchos documentos y folletos de viajes, entre los cuales estaban los de Riga, lo que me ha permitido subsanar el error de nomenclatura cometido en Europa del Este (I)], pues el Anterior Jefe del Estado se negó a aceptar las tropelías de la URSS.

Por cierto que este nombre del museo es aún más significativo del que yo le había atribuído; los letones se dejan de corrección política y eufemismos y consideran que estuvieron ocupados de 1940 a 1991 por los soviéticos, con un breve paréntesis de ocupación nazi, que ellos tomaron (no todos, claro) como una liberación, tras experimentar cómo se las gastaban los amigos de Stalin. En realidad donde se dice “soviéticos” bien se podría cambiar por “rusos”, pues el museo va dedicado a los rusos y a Gorbachov, al que no recuerdan como Nobel de la Paz, precisamente.

Como decía, España nunca reconoció la existencia de la RSSLo (República Socialista Soviética de Letonia), algo muy simbólico e importante para los letones, que vieron incrédulos cómo, en 1945, casi todo el mundo occidental les abandonaba a su suerte y  les dejaba a merced del terror estalinista. El pacto Molotov-Ribbentrop, al que está dedicada toda la sale inicial del museo como explicación de los orígenes de toda la historia de infamia posterior, se cumplía, aunque uno de los firmantes del mismo había sido aniquilado por el otro, y los ahora aliados de éste último bendecían la bellaquería cometida y daban carpetazo al asunto asumiéndolo como mal menor (para ellos) y aludiendo al mantenimiento de la paz (la suya) como excusas.

Pero no sólo fue Letonia. Cada país del Telón de Acero presenció con horror cómo Occidente cerraba los ojos a la brutalidad comunista que se cernió sobre ellos, aún sabiendo que, al hacerlo, provocarían horrorosas consecuencias para esos países (“No se engañen: todos los Balcanes, excepto Grecia, pasarán a ser bolcheviques y no puedo hacer nada por evitarlo. Tampoco puedo hacer nada por Polonia“, Churchill, enero de 1945  ) y así, cada uno de ellos tiene su propia memoria trágica de esa traición de europeos a europeos. El ejemplo más famoso de lo que la corrección política y el cinismo pueden provocar a todo un pueblo es, quizá, la gran (en todos los sentidos) mentira “oficial” de Katyn, pero a mayor o menor escala en todos los lados sucedió lo mismo, ya sea a nivel de masacre tipo Katyn o de purgas individuales y selectivas. Todo deliberadamente ignorado en Europa del Oeste, o peor incluso, había quien hasta se atrevía a negar que cosas así pudieran suceder en los paraísos socialistas de Stalin, claro que ésos preferían vivir en París que en Bucarest. Así, Europa del Oeste continuó su camino, logró tranquilizar su conciencia, sentirse bien, y olvidar que la mitad del continente había, de facto, dejado de existir.

Tras 40 años de represión e intento de homogeneización de estas sociedades al modelo soviético, cada país  ha tomó su rumbo, según las circunstancias que acompañaron a su “liberación”. Estas circunstancias,  como también el diferente comienzo y desarrollo de la etapa comunista, también hicieron que sea diferente lo que te encuentras hoy en día en Polonia, Estonia o Eslovenia, países con transiciones más o menos pacíficas, que en Rumanía, donde se cargaron al dictador (pero sólo a él) o en Croacia y Serbia, donde el proceso de cambio fue mucho más violento.

Aún así, ciudades como Sarajevo y Belgrado, donde los recuerdos de las guerras están aún muy recientes, son hoy en día lugares encantadores para un europeo cualquiera, y estéticamente puede que mucho más atractivos que Bucarest o Sofía. Por no hablar de las ciudades croatas, ya muy lanzadas turísticamente, como Split o Dubrovnik.

Y sin embargo, cuando yo visité estas ciudades de los Balcanes necesitaba mostrar mi pasaporte y que me pusieran un sello en él, aún cuando me podía mover libremente por las costas del Mar Negro solamente con mi DNI español. Desde entonces hemos seguido avanzando; hoy, por ejemplo, el sello de la frontera Serbia en mi pasaporte no es más que un souvenir, una pieza de coleccionista, pues ya no habrá en la frontera un funcionario dispuesto a decorar un pasaporte donde escriba “UE”, y las diferencias entre las clases medias de todos los países de Europa van haciéndose más pequeñas. Cuesta, pero nos seguimos acercando.

20 años después de la afortunada caída de los trasnochados regímenes socialistas,  ya no existe algo llamado “Europa del Este”, solamente Europa, con sus diferentes lenguas, culturas y costumbres, y con muchos lazos en común a lo largo de todo el continente, de Norte a Sur y de Este a Oeste. Aparte de la natural morriña que cada uno tenga para con su tierra, la cultura común europea, forjada a través de milenios de convivencia e intercambio, nos hace sentirnos familiarizados con lo que nos rodea y con la gente.  Hemos descubierto (por si lo habíamos olvidado) que había algo más allá de Viena, y que es tan nuestro como nuestra ciudad o nuestra región, que te sientes tan bien paseando libremente por una Europa, de nuevo, unida, que merece la pena hacer lo que haga falta por conservarlo. Es algo que se ha ido re-construyendo poco a poco, muy despacio, desde 1945 y que nos da  la oportunidad de movernos con total libertad desde Lisboa hasta Costanza o Tallin, gracias al esfuerzo y trabajo de muchas personas a los que yo estoy enormemente agradecido;  personas que han hecho posible que haya conducido con mi matrícula española hasta Eslovenia, y que trabajaron porque  mi Octavia transilvano haya podido sortear baches (y sobrevivir a ellos) desde Herzeg Novi hasta Chisinau, siendo sólo detenido por escrupulosos radares o policías codiciosos. Esos europeos  que contriuyeron a que yo pueda comer, beber y festejar en Gdansk, en Budva e incluso en Tiraspol, tomar el sol en Liepaja y en Varna,  y bañarme en Siofok y Miedzyzdroje,en las aguas del Báltico, del Mar Negro o del Lago Balaton.

Y lo mejor de todo es que,  viajando por esta Europa otrora misteriosa e inaccesible, he descubierto que, tengo tantas cosas en común (o más) con un polaco o un rumano que con un inglés, o incluso que con un francés o un portugués; que nuestras preocupaciones y aficiones son las mismas, que estamos encantados de conocernos, de poder seguir cultivando la amistad y hacer cosas en común sin tener que preocuparnos de pasaportes, fronteras y otras viejas barreras, que nos parecen ridículas hoy en día. Nos hemos acostumbrado a ello, nos parece que es bueno, y nos gusta. Queremos que siga así.

Empecé este post hace varias semanas, se me ocurrió escribirlo una noche mientras disfrutaba de unas cervezas en un club de Bucarest con amigos rumanos, franceses y españoles. En aquél momento, me vinieron a la cabeza imágenes de muchos momentos como aquél, vividos en cualquier parte de Europa en los últimos años (creo que mi reciente pasada y sufrimiento de la burocracia china también tuvo algo que ver con “la inspiración”). Y pensé sobre lo normal que era aquéllo, y lo extraordinario que me pareció la primera vez que llegué a Polonia y tomé mis primeras copas de Zubrowka. Pensé en lo rápido que nos adaptamos a las cosas buenas, y pensé también en qué pasaría si algún día se nos acaba “el chollo”. Hoy lo pienso más que nunca, pues parece que a esta Europa nuestra, después de hacer lo más difícil, le ha entrado el miedo y ha perdido el rumbo. Las noticias de recortes sociales, pérdida de libertades, negación u olvido  de la Historia y, las más recientes, restablecimiento de controles fronterizos, recorren el continente, no me gustan nada y no las entiendo. Yo sólo quiero seguir conduciendo sin parar para mostrar mi pasaporte, yo no quiero que se me acabe el chollo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Europa y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Europa del Este (II)

  1. Tu Tio dijo:

    Muy bien Fernando, el último párrafo define a una persona. Europa hoy, como te indicaba en el correo del otro día, vuelve a ser una fuente de preocupación para los mejores europeos que conozco ( y conozco muchos y con “acreditado label”) los españoles. No es pasión es simplemente la conciencia acumulada en la larga experiencia de participar en muchas reuniones en la UE, exponiendo nuestro “euroescepticismo” de los primeros años, hasta el convencimiento por ser gente que tiene un proyecto para Europa, cuando Europa, en 1.950, volvió a nacer sin proyecto, como dijo uno de sus “padres”, Konrad Adenauer.
    Para no ser pesado, te recomiendo la columna de Carmen Rigalt (persona que no es de mi agrado pero que por eso la leo siempre) publica hoy en el diario El Mundo. Seguramente porque sufre una grave enfermedad de la vista, empieza a ver la verdad de Europa, frente al resto del mundo. Tal cual y como le pasó a Oriana Falacci.

    Dejaremos el resto de la reflexión para una buena conversación alrededor de una cerveza, en tiempo de verano.
    Cuidate mucho.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s