Europa “del Este” (I)


La primera vez que aterricé en Europa del Este lo hice realmente en el antiguo enclave occidental tras el Telón de Acero. Por aquel entonces (2005), ya hacía tres lustros que el Muro formaba parte de los libros de Historia y Berlín era la capital de una Alemania unida que avanzaba firme tirando del resto de Europa, por lo que llegar al aeropuerto de Schonefeld no implicaba, por supuesto, ningún trámite burocrático y era hasta barato, gracias a las compañías aéreas de bajo coste.

Sin embargo, para mi generación, la segunda o tercera nacida con el continente europeo mutilado tras la Segunda Guerra Mundial, los antiguos países de la órbita soviética todavía estaban, en nuestras mentes, cubiertos por una fina cortina que los separaba de lo que para nosotros había sido la Europa de toda la vida, cuyos limites localizábamos en el Oder, en Viena, y en Trieste. 60 años de comunismo y aislamiento habían provocaco ese sentimiento mezcla de misterio, exotismo e incertidumbre (¿y un poco de temor, quizás?) que al menos yo sentí en mi primer desembarco en los países del Pacto de Varsovia.

Todavía recuerdo (y hoy lo puedo confirmar echando un vistazo a las fotos que tomé aquellos días) que durante mis primeros paseos por Szczecin (antes Stettin en Alemania, ahora parte de Polonia) yo buscaba y esperaba ver cosas comunistas, quería contemplar sobre todo “los bloques”, las soluciones habitacionales que se habían convertido en un icono de los regímenes autoritarios del Este de Europa, y que en realidad no eran muy diferentes de los que se convirtieron también en solución barata, rápida y fácil en España, cuando las grandes ciudades experimentaron el éxodo de la gente del campo. Probablemente eran un poco más tristes, o así lo queríamos ver los europeos del Oeste de mi generación, pero es que para nosotros todo lo que venía de estos países tenía por obligación que tener un aire triste y gris, pues así lo habíamos visto durante años en la televisión. Las ciudades eran tristes, la gente estaba triste y se vestían de manera triste y anticuada, más o menos éste era (o debía ser) el punto común de Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumanía, Lituania…Todo igual, todo gris.

Cierto es que en Szczecin y en el resto de Polonia no pude satisfacer completamente mis deseos, como también lo es que luego me he hartado de ver estas barbaridades urbanísticas (a nuestros ojos actuales) por todos los lugares que he visitado desde entonces: la aterradora vista de Bratislava que se ofrece al visitante que llega desde Viena, la entrada en Russe (Bulgaria) desde el “puente de la amistad” sobre el Danubio, e incluso las avenidas principales de Bucarest, si bien es cierto que en casi ningún caso estas construcciones son luego reflejo de lo que las respectivas ciudades esconden en su interior, si no determinados barrios periféricos que albergaron y albergan a la maltratada clase media de estos países.

Este era uno de los mitos sobre Europa del Este, pero había muchos más que por supuesto se me han curado tras tres años viviendo y viajando por la zona. Gracias a los regímenes comunistas pero también gracias a los mefastos sistemas educativos sufridos por los europeos del Oeste, (sobre todo por nosotros los españoles “de la democracia”), países de larga tradición europea, la misma ciudad de Praga, !en el mismo centro de Europa!, pasaron de un plumazo a formar parte, en nuestras cabezas, de algo diferente, que desde luego no era Europa. Stalin y los demás dirigentes comunistas consiguieron algo increíble, como fue desmembrar física y psicológicamente algo que llevaba, no unido, pero sí de alguna manera integrado, más de dos mil años.

El caso de España es, como de costumbre, más grave. Hoy no entiendo cómo podemos presumir de europeos con el desconocimiento oficial tan enorme que tenemos de la Historia reciente de Europa. Recuerdo estudiar la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría en mis años de bachillerato en los Maristas, pero también recuerdo que ya por aquél entonces me quedé con el sentimiento de que faltaba algo en todo ese relato. Hoy sé que lo que faltaba era una explicación algo más plausible de porqué, por ejemplo, Sarajevo, o Budapest, o Belgrado, lugares tan comunes como París o Roma, de toda la historia milenaria de Europa, eran en aquéllos días lugares inaccesibles y prácticamente “de otro mundo”. Esa incomprensión se agravaba por el hecho de que España, como país ausente en los momentos importantes y decisivos del s. XX europeo, no formaba parte del trauma y de la posterior aventura de recuperación comunes al resto de países del Oeste. Eso se notaba en los diferentes sistemas educativos españoles, y quizá pueda explicar (al menos en parte) las majaderías de nuestros dirigentes y gobernantes actuales. O no, pero eso es otra historia.

Estos últimos años que he vivido tras el antiguo Telón de Acero me han enseñado también algo sobre nuestro desconocimiento (o desinterés) de esta parte de Europa, porque algo que nunca me he podido explicar es cómo era posible que, aún con toda esa pátina de tristeza y melancolía que (nos imáginabamos) transcurría la vida en el Este, había quién se empeñaba, en nuestras democráticas sociedades, en hacernos ver que el comunismo (el marxismo) en sí era bueno para la sociedad. Creo que he presenciado unas cuantas manifestaciones en el centro de Bucarest, y no recuerdo haber visto nunca, como sin embargo sí sucede en España, jóvenes enarbolando banderas rojas con la hoz y el martillo. Aún con la tentación nostálgica del “cualquier tiempo pasado fue mejor” que cobra sentido sobre todo en estos tiempos de crisis a todos los niveles, no creo que los rumanos realmente deseen volver atrás, a no ser para hacer las cosas un poco mejor, pues no en vano, casi todos los antiguos “comunistas” (a excepción de Ceausescu, claro) se las han apañado para seguir hoy en puestos de poder civil o económico.  En general, se puede decir que los países donde se impusieron los sistemas autoritatios soviéticos son hoy en día los más acérrimos detractores de aquello que algunos intelectuales europeos intentaron vendernos (y aún lo intentan) como paraísos sociales.

En este sentido, mi primera visita a Letonia fue aún más reveladora; un paseo por las salas del Museo de la Resistencia de Riga es bastante didáctica, pues para empezar, el concepto de “resistencia” se usa en un sentido muy diferente al que se le dió en Europa del Oeste, donde se ha hecho mucha mitología al respecto. La Resistencia, según los letones, no duró tres o cuatro años, sino 50, y no fue contra las tropas alemanas, si no contra la imposición soviética. De hecho, los dos años de ocupación alemana son casi considerados como una efímera liberación, y así se puede ver en documentos y fotografías de la época. El sentimiento de los letones hacia los rusos hoy, como el de los polacos, es cercano al odio. Fue la letona, al igual que la rumana, la polaca… una sociedad que fue ocupada, sometida y reducida por otra inferior en muchos aspectos pero superior militarmente. El hecho de que, además, los países aliados consintieran y reconocieran de hecho esta humillación es todavía peor y más incomprensible para ellos.

(continuará…)

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2 respuestas a Europa “del Este” (I)

  1. Tu tio dijo:

    Bueno, creo que aunque aún no te ha dado tiempo a comenzar con Postguerra, de Tony Jud, la evidencia se muestra de manera palpable en tus impresiones después de viajar y conocer (que todo no se encuentra en los libros, por más que algunos se empeñen) a esta ” vieja dama” que es Europa.
    Seguramente cuando tengas ocasión de leer el libro, “Después de Reich: Crimen y castigo en la posguerra alemana” de Giles MacDonogh, un complemento valioso a Alemania 1.945: de la Guerra a la Paz, que ya conoces, de Richar Bessel, te afianzarás mucho más en la imágen que nos cuentas sobre esa Europa desconocida y “topicada”, a causa de la guerra civil que comenzó con Napoleón y finalizó en 1.945, (una teoría nueva sobre la historia reciente que concatena hechos) si no contamos la de los Balcanes, que deriva de otro gran drama que es la caida de Constantinopla en 1453.
    En fin, disfruta de escribir y de ensayar sobre lo escrito, aprendido, y conocido.
    Un abrazo.

  2. Fernando dijo:

    que “todo” tenga su origen en la Caída de Constantinopla es algo que nunca se me había ocurrido pensar…y sin embargo es cierto que en la época fue, un trauma de gigantescas dimensiones, y como tal, sería completamente normal que sus consecuencias las sigamos viviendo a día de hoy. Interesante teoría!!

    Un abrazo.

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