Al Este, más al Este!


Str. Grivitei cu Str. Buzesti

In memoriam

Una imagen que vale tres años.

Tres años no son nada.

No lo son ni veinte, ya lo decía Gardel, y no sin razón.  Tres años, sin embargo, pueden ser  mucho en la vida de alguien, algo menos en la de una ciudad, y absolutamente nada en la historia de un pueblo. El pueblo es el rumano, la ciudad es Bucarest, y “alguien”, evidentemente, soy yo.

Recuerdo perfectamente el día en que hice esta fotografía, tres años atrás. Era una mañana de invierno, puedo decir incluso (no gracias a mi memoria, si no a la tecnología digital) que era  16 de Febrero. La hice con mi teléfono, pues entonces, como ahora, yo no disponía de cámara de fotos; esta clase de aparatos de la era digital han resultado malditos en mis manos destruyéndose o desapareciendo como por arte de magia cada al poco de serme “atribuidos” , como si el hecho de pertenecer a Fernando fuera horrible para los objetos inanimados, hasta el punto de preferir la automutilación, el exilio o el “traspaso”, antes que llevar una vida junto a alguien, !para colmo!,  apasionado de la tecnología.

El caso es que recuerdo, como si fuera ayer, que era sábado, que empezaba a anochecer, y que yo empezaba a descubrir, emocionado, Bucarest, Rumanía, sus gentes, y la vida de un español-por-el-mundo. Por entonces yo ya había viajado por Europa, claro, pero en esos excitantes días tenía ante mi grandes retos, tanto personales como profesionales, en una ciudad desconocida, en un país desconocido por completo, y con gente sobre la cual, hasta entonces, hasta yo supongo que tendría mis prejuicios. Casi todo era nuevo, todo era excitante.

Volvía, como digo, aquél día  al hotel Ibis Gara de Nord, mi casa durante casi tres semanas de ese invierno de 2008. Un invierno en el cual las peores y más intensas nevadas ya habían caído en Enero, justo antes de mi llegada. Pero todavía quedaba una, la que cayó el viernes anterior a la foto. Para mi satiscacción, y tras dos semanas de contemplar la ciudad con su cara más inhumana y fea (esto es, el tráfico, la suciedad y los agujeros de siempre, pero condimentado además con viscosos charcos negros y nieve también negra amontonada en cada esquina), aquél gélido sábado me brindó un sol imperial que me abrió de par en par los ojos para  disfrutar la ciudad que en aquel momento ya empezaba a ser mi casa.  Bucarest.

El edificio de la foto, o lo que quedaba de él, fue lo último que fotografié, antes de refugiarme al calor de mi habitación del hotel, y se convirtió desde entonces en uno de mis símbolos, una referencia de mi particular visión de la ciudad, del país y del pueblo rumano: grandeza pasada, decadencia y expolio presentes, pero sobre todo, resistencia ante la adversitud y esperanza. No es lo más llamativo de la famosa arquitectura de entreguerras de Bucarest. Ni siquiera sé si en los días del “Pequeño París” llegó a ser un edificio significativo o no. Pero me gustó. Durante tres años he pasado regularmente por esa esquina, en el último mes, incluso cada día. Y siempre que lo hacía no podía evitar esbozar una una sonrisa al contemplar cómo esa fachada resiste impasible la furia demoledora y des-urbanizadora de gobiernos, mafiosos y empresarios (que por aquí casi vienen a ser sinónimos);  la especulación, e incluso las inclemencias del tiempo, nada ha podido todavía con el pequeño conjunto urbanístico, un ejemplar de la era dorada de Bucarest. Anclada entre bloques de cristal y cemento, se mantenía firme y elegante, como queriéndonos dar ejemplo y decirnos: no siempre fuimos así, yo conocí tiempos mejores, existe un futuro mejor. El reflejo de un pasado esplendoroso, de raíces profundas, que se resiste a desaparecer mientras espera que despertemos y paremos esta locura que es el mundo actual.

17 de Enero de 2011. Ya no está. Ha desaparecido. El viernes estaba y hoy lunes  ya no. En su lugar todavía se observa el movimiento de alguna excavadora, presuntamente “culpable”. Hacía pocos días la habían recubierto de una lona de ésas típicas de las obras, para restaurarla, para conservarla y construir un nuevo interior, me dije alegremente, ingenuo de mí. Pero, de nuevo, un reflejo de lo que es Rumanía y sus gentes. Esperanza acumulada durante años y destruida en cuestión de unos instantes. Como muchos rumanos, que se preguntan (con razón o sin ella) qué sentido tuvo la Revolución de 1989, yo me pregunto, ¿qué sentido tiene conservar algo durante años para acabar destruyéndolo?.

Sobre mi experiencia global en el Este de Europa tendré tiempo de escribir algo más, pero por ahora puedo decir que: Yo ya no entiendo nada, ni de Rumanía ni del mundo, porque lo peor es que en estos tres años que yo he pasado aquí en Bucarest, la situación del mundo ha sido de alguna manera paralela a la de Rumanía, cosas de la globalización, supongo. Entendía poco cuando llegué y hoy entiendo aún menos, y como no creo que dentro de unos meses entienda algo más, me voy. Me voy más al  lugar de donde parece venir todo, me exilio a China. En mi particular periplo profesional y personal, mi siguiente etapa me lleva a una ciudad todavía más inabarcable y a una cultura que desconozco absolutamente, así que sólo cabe lugar al aprendizaje y la experimentación.

No tengo ni idea de cómo será, ni de cómo será yo cuando vuelva, sólo sé que intentaré aprovechar esta oportunidad de conocer un país que ha decidido, no sólo volver a abrirse al mundo, si no cambiarlo. Mientras que nosotros, “occidente”, ni nos enteramos, y nos sumimos más y más en un ensimismamiento social, cultural y espiritual, creyendo que nuestro modelo de sociedad=economía es eterno. Creyendo que “la crisis” es temporal.

Señores, la revedere. Nos seguimos viendo, pero más al Este.

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