Chupiteles en la “Pequeña París” (o la París del Este)


Uno se pregunta, cuando en España nieva mucho, de vez en cuando, y se montan las que se montan, qué hacen en otros países, en otras ciudades, acostumbradas a sufrir espectaculares nevadas que cubren calles y carreteras con una gruesa capa blanca. La respuesta, por lo que respecta a Bucarest es sencilla: nada. Al menos es lo que he observado ayer, día en el que he sufrido mi primer temporal de nieve en esta ciudad. Y digo bien, sufrir, porque si estas cosas te pillan en casa, bien resguardado, viéndolo desde la ventana, bien. Pero cuando estás en el trabajo, sabiendo que normalmente el camino a casa dura media hora en coche, y ves que comienza a caer nieve con una fuerza tal, que en cuestion de minutos todo está blanco, encima es viernes y para rematar vives en Bucarest, es para echarse a temblar. Realmente la cosa pudo ser peor, al final con algo más de hora y media me bastó para estar a cobijo en el hotel.
 
Como digo, no vi nada realmente especial que denotara una situación de alerta, como nos alarman en España cada vez que nieva. No vi quitanieves (quiza uno a las 3 de la mañana), no vi sacos de sal, no vi más policía que de costumbre, así como tampoco vi mucha gente con cadenas, sólo recuerdo un taxi que las llevara cuando empezaba a helar y las calles tenían ya una capa de hielo considerable. Quizá, eso sí, los rumanos estaban un poco más sosegados al volante. Que nieva, pues ajo y agua, deben pensar, a tranquilizarse y ya llegaremos. También es cierto que luego, por la noche, había menos tráfico que el acostumbrado en un fin de semana, y que pude ver algún coche perder el control momentáneamente en el hielo y a alguna persona (por ejemplo, yo, claro) pegar algún resbalón.
 
En cuanto a mí, era viernes y había que salir. Decidí ir a pie al restaurante donde habíamos quedado, pues coger el coche no era una opción, y un taxista rumano en Bucarest y con hielo no era algo que me atrajera demasiado. Mi conocimiento de la ciudad ya es lo suficientemente bueno como para llegar sin preguntar y sin dar demasiados rodeos. Por otra parte, era una buena oportunidad para ver otra cara de la ciudad: la negra Bucarest, mudada en blanco. Pero dicha cara era tan nueva y diferente que mi sentido de la orientación me jugó una mala pasada y al final las preguntas y los rodeos bajo la nieve y el viento, con los pies cuebiertos de nieve y yo mismo también, fueron inevitables. Afortunadamente no fui el unico que dejo un rastro de vueltas y revueltas en la nieve, incluso se desorientó gente que lleva meses viviendo aquí, así que nada grave. 
 
Por la mañana, la capa de nieve no era tan espesa como se podía esperar, y brillaba un sol que podríamos llamar casi-imperial, porque éste sí que se ha puesto igual de pronto que el resto de días. Y aunque hacía un frío búlgaro, la mañana invitaba a salir a contemplar los efectos de la nieve y la nueva decoración que la noche había dejado por doquier. Hay que decir que, en una mañana como ésta, sin el caótico tráfico de los días laborales, y con el toque invernal y navideño que dan los tejados, las calles y los parques blancos, Bucarest te llega a gustar.
 
Igual soy yo, que me estoy acostumbrando, a lo mejor es que ya no veo las infinitas hileras de cables colgando por las calles (primera foto obligada de todo europeo del oeste que viene a Bucarest), las zanjas en las calles, los agujeros en las calzadas, y los coches ocupando las aceras. Quizá ya no presto atención a la pátina de gris triste que cubre los edificios. Porque esta mañana he visto palacios, he visto iglesias, he visto casas abuhardilladas parisinas y he visto parques verdes, con estatuas y monumentos y con gente paseando, lagos helados y nijos jugando. Porque la temperatura no ha subido de -1ºC, pero eso no ha impedido que la gente haya hecho lo mismo que yo y haya disfrutado del día libre (quien lo tenga, claro).
 
No he pasado por muchos sitios nuevos, son básicamente las mismas calles del centro por las que más me he movido estas dos semanas, pero hoy he visto la ciudad antigua, la que en el s XIX se miraba en el espejo de la París del Segundo Imperio y gastaba dinero y recursos en intentar alcanzarla. Hoy he conseguido, por primera vez, intuir la ciudad que fue, antes del las guerras y el comunismo. Y hay que decir que no está mal, que merece la pena visitarla y descubrirla, y que, el tiempo lo dirá, puede que en el futuro recupere algo de ese esplendor perdido, y dentro de (muchos) años sea un destino turístico de primer nivel. A día de hoy, para mi, Bucarest revalida la confianza que le he dado viniéndome a vivir aquí renunciando, por dos años, a la vida "a la española". Cuando la semana que viene deje el hotel y comience otra forma de vida aquí, en otra zona de la ciudad, con otro ritmo de vida, sobre todo tras el paréntesis español previsto el fin de semana, veremos si la visión es la misma.
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s