El Delta, donde muere el Danubio y nace Sulina

Contaba yo a quien estuviera interesado en escucharme, que conocía la zona, que había navegado por el Delta del Danubio, visto los caballos salvajes en las dunas del Bosque de Letea y pescado en los canales del Brazo de Sulina. Pescar, playa y caballos salvajes en un bosque en la arena, eso eran para mí  Sulina y el Delta del Danubio, según los recuerdos que me quedaron de mi primera visita en 2009. Volvía a la zona, como quien dice, sabiendo.

Esta vez, la lluvia del primer día y las frescas temperaturas durante la  noche no aconsejaban holgazanear en la playa tomando el sol. Y al poco de llegar, tras nuestras primeras charlas con las gentes locales, nos enteramos de que la pesca en esta época es mayoritariamente furtiva y de que los caballos no son ni nunca fueron salvajes. En definitiva, lo primero que descubrí, que no está mal, es que no sabía nada sobre Sulina y el Delta del Danubio.

 

A pesar de su tamaño actual -unos 3000 habitantes- Sulina es relativamente simple de localizar en un mapa actual: es el punto donde el Danubio, remolón en sus últimos cientos de kilómetros, es conducido, por fin, a morir en el Mar Negro. Conducido por el hombre que, harto de que el río se empeñe en hacer más y más curvas y meandros en un inútil esfuerzo por alargar su vida, ha modificado el terreno, dejando sin escapatoria a esas caudalosas aguas dulces que son forzadas a mezclarse con las mareas del Ponto Euxino. La muerte asistida del Danubio es el nacimiento de Sulina.

 

Si en lugar de un mapa actual, lo que miramos es un atlas de la historia del Mundo en los últimos 200 años, esta ciudad aparece como un punto gordo, gordo, probablemente rodeado pon un círculo, como si de una capital se tratara. Nos lo dicen varios lugareños al poco de llegar, con nostalgia, con orgullo: !no menos de 7 Grandes Potencias (como por entonces se las llamaba), tenían consulados en Sulina por aquél entonces!

¿Pero cuando es “aquél entonces”? ¿Por qué nunca he oído hablar de Sulina antes de venir aquí?. Las visitas a los lugares históricos de la ciudad, la conversación con los habitantes, los museos, e incluso algún libro prestado por Domnul Vali, el dueño de la Pensión Diana, donde nos alojamos, son las piezas del puzzle que tiene las respuestas.

Nos remontamos a mediados del S.XIX, y ojeamos la correspondencia entre embajadores europeos y miembros de la diplomacia de la Rusia zarista. En diferentes cartas que han llegado hasta nuestros días queda constancia de cómo el Imperio Ruso insistía en controlar el Mar Negro, y esto incluía el Danubio y su desembocadura. De los tres brazos que forman el Delta (de norte a sur, Kitila en Ucrania y Sulina y San Jorge en Rumanía), el preferido ya entonces para comenzar a remontar el Río hacia el centro de Europa era el de Sulina, y por ello los rusos establecieron en la margen izquierda unos barracones para alojar destacamentos militares con naves que dejarían pasar los navíos “no sospechosos” y pararían al resto, y permitieron el establecimiento de algún comerciante griego (cuyo nombre no recuerdo) en la otra orilla para poder asegurarse suministros y otros servicios.

Patrulleros de la Guardioa Costera Rumana en la ribera izquierda, donde antiguamente atracaban los barcos de la Armada Rusa

Pero fue el Tratado de París, que se selló el final de la Guerra Ruso-Turca (o Guerra de Crimea) en 1856 el que impulsó definitivamente el progreso y animó este disputado punto oriental de Europa. El Faro Viejo de Sulina, hoy en día varios kilómetros tierra adentro, es llamado oficialmente Faro de la Comisión Europea del Danubio (CED por sus siglas en francés), apellido que portan también el cementerio y varios de los edificios nobles de la ciudad, y cómo nos extrañó ese celo europeísta en estos tiempos en los que lo que se lleva es el nacionalismo pueblerino exacerbado, nos pusimos a hacer los deberes. Pero los abandonamos enseguida, pues de nuevo la conversación con los nostálgicos lugareños nos desveló la historia, y una exposición que visitamos en el Museo de Historia y Arqueología cuando volvimos a Tulcea nos doctoró en el tema.

 

Resulta que la CED (que tenía incluso bandera propia) es la institución que fue creada en por las potencias vencedoras firmantes del Tratado de París. A lo mejor era genuino el espíritu internacionalista y europeo que impulsó la creación de la CED; puede, por el contrario, que la motivación fuera que los franceses e ingleses ni pinchaban ni cortaban por esos lares, y aprovecharon la feliz circunstancia para meter baza; lo cierto es que la CED, que en principio se constituyó por dos años, mejoró y aseguró la navegación por el Danubio durante los más de 80 años que duró su existencia, y en lo que a Sulina se refiere, supuso su despegue como ciudad cosmopolita, dinámica y próspera, pues fue declarada Porto Franco, lo que significaba que el comercio de mercancías estaba libre de impuestos. Un ingeniero británico, Sir. G. A. Hartley, fue el encargado de dirigir los trabajos para mejorar la navegación río arriba desde el Mar Negro, y aparte de ser recordado con un busto en la Calle 1 de Sulina, su obra puede ser contemplada casi tal y como él la dejó, pues poco ha cambiado el paisaje en estos últimos 150 años. Los faros, los diques y los cortes que realizó en los meandros para hacer casi rectilínea la navegación de hasta Tulcea, son los mismos que se utilizan hoy en día. Bueno, los faros no, pues uno, como ya dije, se quedó inutilizado con la retirada del mar, y los otros dos perdieron su utilidad cuando se construyó el moderno, más grande y más exterior que en la actualidad es gestionado por la Armada Rumana.

 

El faro de la CED en el centro de Sulina, por cierto, aparte de ser visitable en su totalidad hasta la linterna, alberga en su interior dos museos (pequeñitos, claro, estamos dentro de un faro) sobre dos de los personajes más famosos relacionados con la ciudad: un museo muy interesante sobre la vida en la ciudad en su época dorada, y otro sobre la vida y obra de uno de los otro de los gratos descubrimientos que hicimos aquí: Gheorghe Georgescu, mundialmente famoso director de orquesta, nacido en la ciudad, y Jean Bart, no el corsario con estatua en su puerto natal de Dunkerque, sino Eugeniu Botez, escritor rumano que publicó su obra más conocida, Europolis, bajo este pseudónimo.

Europolis describe la vida en Sulina, ciudad en la que vivió mucho tiempo como capitán del puerto, ya que antes que escritor fue oficial de marina, y fundador de la Liga Naval Rumana. Su casa aún existe, también en la Calle 1, y el teatro de Tulcea lleva su nombre. Leer Europolis es sumergirse en la vibrante vida de una gran ciudad portuaria y cosmopolita que, sin embargo, empieza a divisar su decadencia en el horizonte. Una ciudad en la que convivían y se mezclaban diferentes culturas: pilotos y marinos griegos, comerciantes judíos, oficiales y diplomáticos franceses e ingleses, italianos, turcos, y por supuesto rumanos, de origen o asimilados.

La diferentes comunidades se integraron (muchos incluso se rumanizaron en un par de generaciones) aunque siguieron conservando sus señas de identidad. Así se muestra, de nuevo, en el museo del Faro Viejo, donde se conservan, por ejemplo, ejemplares de los diferentes periódicos que se editaban en la ciudad, y muchas fotos de las diferentes escuelas griega, judía, inglesa y de las iglesias que existían entonces, anglicana, la mezquita turca, la iglesia católica.

Cada comunidad, pues, tenía su centro espiritual entre otras cosas para hacer el trayecto hacia el otro mundo conforme a sus costumbres, pero inmediatamente después se mezclaban igual que lo habían hecho en vida, pues el cementerio, llamado hoy también “de la Comisión Europea del Danubio”, es un totum revolutum de lenguas y apellidos de los más variados orígenes. Aunque es cierto que dentro del cementerio hay una parcela dedicada a los judíos y otra en la que se ve la media luna turca, durante años aquí fueron enterrados, sin importar orígenes ni condición, tanto habitantes de Sulina como los que llegaron a morir aquí, principalmente como consecuencia de algún naufragio. Los piratas tambiénn fueron enterrados aquí.

Nuestro descubrimiento del cementerio fue también casual, y algo tétrico. Durante un paseo nocturno por la ciudad, yendo en dirección al mar, llegamos hasta donde acababa el alumbrado público y allí, qué ibamos a hacer, claro, más que ponernos a mirar al cielo, que brindaba un expectáculo digno del remoto lugar en el que estábamos. Al poco tiempo observamos, en dirección al casco urbano, la luz de una linterna. Cuando determinamos que venía en dirección a nosotros, apareció otra, y otra más, y otra, hasta que dejamos de contar y nos pusimos a esperar a que llegaran hasta donde estábamos. Cuando lo hizo el que encabezaba la siniestra procesión, saludamos sin encontrar respuesta, y alrededor de unas doscientas personas pasaron sin decir ni por delante de nosotros, con algunas linternas para iluminarse el camino. Observamos perplejos cómo se detenían en lo que luego supimos que era la puerta del cementerio, el tiempo justo para que alguien consiguiera abrir la cancela, y después de volver a cerrarla -con llave- desaparecieron entre las lápidas y las cruces. Ignoramos todavía qué clase de ritual ejecutaron en el cementerio, pues no cabe duda de tal era su intención, sino algo más oscuro. Intuímos que llegaron y se marcharon en el buque Nestroy, que inmediatamente después de este episodio pudimos ver atracado en el puerto, sin actividad aparente a bordo, y que sin embargo había desaparecido por la mañana.

A ojos de un neófito no queda claro, después de visitar el cementerio -lo cual hicimos nosotros ya de día, por supuesto, pues no queríamos inmiscuirnos en asuntos de santacompañas– cómo tanta población del cementerio podía ser resultado de naufragios. ¡Si es sólo un río, y un mar pequeñito!. Pero cuando Domnul Vali, marino mercante de profesión, nos llevó en su barca de 7 metros al punto donde se acaba el canal construído por el ingeniero Hartley, y el río encuentra al mar, comprendimos algo y aprendimos mucho.

Éramos siete en total a bordo del frágil esquife con motor de 70 CV y, distribuídos hábilmente por nuestro capitán y timonel, la embarcación demostró ser estable incluso cuando nos cruzamos con un carguero que remontaba el Danubio. Capitán Vali, con una mezcla de nostalgia y orgullo, nos explicaba por dónde íbamos pasando y al poco de abandonar los muelles de Sulina nos mostró los restos de  un buque que en 2007 hizo caso omiso de las advertencias de no aventurarse a embocar el canal y quedarse en mar abierto esperando a que capeara el temporal, y acabó convertido en un montón de chatarra después de que algún armador o comerciante lo comprara y lo remolcara desde la playa en la que quedó varado. Pero no fue el único que ignoró  las advertencias ese día, y otro buque de bandera turca también dio con su quilla en el fondo arenoso, pero al norte del canal, en una isla de arena formada hace años por las corrientes de la que hoy sólo queda la mitad (ya en Ucrania), ya que el resto ha sido barrido por la misma fuerza caprichosa que la creó.

Pero el barco sigue allí, ahora medio sumergido, así que se ha convertido en una atracción más, de estas que no lo parecen pero que son peligrosas, la semana anterior una embarcación había volcado y con ella todos los turistas que iban en ella. Falta de pericia, desconocimiento, imprudencia, dejó claro nuestro patrón, que cuando nosotros empezábamos a sentir ya el zarandeo de las olas, señal de que llegábamos al hectómetro 80 que marca encuentro de las dos aguas, él se estiraba más y más oteando el rizado de las olas mientras movía la cabeza de lado a lado en señal de desaprobación.

En una maniobra inesperada (para nosotros), colocó la barca de costado unos segundos mientras observaba las olas que venían del mar, y con un movimiento rápido de timón las encaró al tiempo que aceleraba. No tuvimos tiempo ni de reaccionar, cuando detuvo de nuevo el motor y nos dijo sonriendo “Ya estamos en el Mar”. Curiosamente la barca se movía menos que en el tramo final del río, y a toda potencia y con toda la calma pusimos rumo al pecio que, sin darnos nosotros cuenta, teníamos ya delante.

La isla en la que se encontraba el Turgut Usta tenía además otro atractivo, y es que los listos pelícanos, que son muy miedosos, se dieron cuenta de que ningún depredador podría acceder hasta ahí, así que se mudaron en masa a la nueva tierra firme. No contaban con el peor de todos los depredadores: el turista. Capitán Vali nos contó cómo poco después de que los pelñicanos se apropiaran de la isla, ésta empezó a formar parte de los trayectos que los turistas demandaban hacer en sus paseos en barca, y empezaron a a desambarcar, hacer fotos a los nidos, en incluso barbacoas en la arena. Esto provocó que muchos nidos fueran abandonados por los padres, que se mudaban a la parte ucraniana de la isla, ya que el país vecino no tiene explotado el Delta turísticamente. La naturaleza se encargó de poner el resto de cosas en su sitio y, tras seis años de vida la isla, hizo que el mar se tragara la parte rumana, así que los pelícanos viven y se reproducen hoy felices en Ucrania, pues el depredador turista es todavía más miedoso y no desembarca en Ucrania sin visado.

Y así, viendo una pelícana fiesta a la que no estábamos invitados, acabó nuestro periplo por el Delta y nuestros días en Sulina. ¡Ah sí!, también fuimos a al Bosque de Letea y vimos caballos domésticos y nos hartamos de comer excelente pescado todos los días.

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Miedo y fuego en Belfast

Los turistas hacen fotos desde lejos a la gente situada en el lugar del que parece venir la música, pero no osan acercarse. Aunque el ambiente parece festivo y cordial, y un pub irlandés siempre invita a entrar con su decoración floral y sus múltiples reclamos de cervezas y espirituosos, en este caso la fiesta parece privada.

Dejamos atrás a los turistas y llegamos a la altura de los celebrantes. No consigo ver de dónde sale la música, pues  en la esquina del pub se arremolina gente de todas las edades (aunque no parece que de todas las clases). Es la esquina de Sandy Row con Lisburn Road y la animación que se observa contrasta con la desolación de tarde lluviosa de domingo que hemos observado en nuestro paseo hasta aquí desde el otro lado del Lagan. Pero no es domingo ni llueve, y es difícil de comprender (y de explicar) que Belfast tiene este aspecto -hoy lunes 11 de Julio, y todo el pasado fin de semana- porque…se celebra una fiesta.

Observé que la porquería comenzaba a acumularse en ciertos descampados durante mis primeras rutas en bici entre Belfast y Lisburn a principios del mes de Junio, y cuando pregunté qué significaba aquello me hablaron de las hogueras (bonfire) del 12 de Julio. Quedaba más de un mes para la fecha y muchos sofás, palets, colchones por venir; las calles empezaban a saturarse de unionjacks, banderas de Irlanda del Norte y otras muchas referentes a los caídos en el Somme hace 100 años y a la selección nacional de fútbol que disputa la Eurocopa en Francia. Todo mezclado.

06-2016 Bonfire preparation in Lisburn

El 12 de Julio se conmemora la Batalla del Boyne, que es un río en Irlanda junto al cual Guillermo III de Orange derrotó a su tío-suego Jacobo II de Inglaterra, asegurándose así practicamente el trono de Inglaterra, Irlanda y Escocia en 1690. Dudo de que en algún momento esta conmemoración fuera compartida por toda la sociedad irlandesa, ni siquiera por la mayoría, pero hoy en día desde luego la comunidad católica – y gran parte de la protestante, que aboga por la convivencia pacífica- está apartada o se aparta completamente de los festejos.

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Mural conmemorativo de la Batalla del Boyne. Sandy Row.

Pasamos entre el pub y el Centro de Aficionados del Glasgow Rangers (así se llama literalmente) y subimos por Sandy Row hacia el centro de Belfast. No hay mucha gente pero todos, niños, jóvenes y mayores, portan algo que haga referencia a alguna fecha importante dentro de la historia y mitología orangista y loyalista. Unas quinceañeras escuálidas pasan a nuestro lado con la cara pintada, el pelo teñido y una botella en la mano, mientras una señora ha montado en el pequeño patio de  su terrace house un puesto de venta de artículos para la ocasión: sombreros, globos e incluso tangas con el estampado de la Union Jack. No parece tener mucho éxito en la venta, lo que podría explicar su cara de pocos amigos. Tampoco la tienda de instrumentos y efectos musicales para bandas y desfiles (abierta para la ocasión) parece tener muchos clientes. El ambiente general en la calle, a pesar de la música y la bebida, es bastante calmado, diría que hasta triste, y desde luego no invita a unirse a los festejos, ni siquiera a tomarse una cerveza, o a comer algo en el camión de venta de comida ambulante “Marion’s Diner”, más que nada porque está aparcado en la calle con el portón del mostrador cerrado.

Llegamos al cruce con Wellwood Street y ante nosotos  aparece una inmensa torre circular formada por palets apilados y decorada con una enorme bandera de la República de Irlanda  y carteles de candidatos del Sinn Fein a las últimas elecciones municipales. Nos acercamos más para observar el monumento y pasamos entre un rudimentario puesto de venta de bebidas en el que nadie compra, probablemente porque la mayoría de la gente está ocupada golpeando una farola con un hacha. De esto sólo nos percatamos al oír los golpes, puesto que estamos concentrados en acercarnos a la torre de palets con idea de hacer una foto, vigilando las caras de la gente de alrededor, no sea que la idea de que hagamos fotos no les haga mucha gracia, nunca se sabe. A nadie parece importarle cuando saco mi móvil del bolsillo y empiezo a sacar algunas fotos. La ardua tarea de abrir la caja de conexiones de la farola (creo que es lo que están intentando) ocupa a los mayores, ya que los pequeños se afanan por intentar escalar la torre. Algunos lo han conseguido ya. En una discreta esquina de la calle, un grupo de personas con aspecto de la zona de la India observa las escenas y uno de ellos se lleva el dedo índice le la mano derecha hasta la sién y lo mueve varias veces girando la muñeca mientras habla con sus compañeros. Más allá, gente enfocando sus teleobjetivos para tomar fotos sin acercarse demasiado.

Nos alejamos de la mítica Sandy Row para volver a casa y pasamos por Donnegall Pass, que está totalmente cortado al tráfico, aunque la calle está prácticamente desierta y sólo al llegar al final comenzamos a oír la música, proveniente de un trailer semivacío en el que un pinchadiscos y tres luces intentan animar a la concurrencia. Ésta está formada por algunos niños con las caras pintadas, y algunos sin camiseta y descalzos, que gritan y saltan en una cama elástica. Los padres, despreocupados, hablan y beben,de nuevo alrededor de una precaria barra montada frente a lo que parece un local comunitario. En los descampados cercanos se observa una torre de palets, más pequeña, de nuevo decorada con motivos republicanos, será para fomentar el hermanamiento con sus vecinos de otros barrios de Belfast y del país del sur.

Hoy por la mañana en el trabajo el jefe nos ha sugerido que trabajemos desde casa la mañana siguiente, 12 de Julio, para evitar problemas de tráfico al volver, pero viendo el aspecto fantasmagórico de Belfast esta tarde, entiendo que la recomendación tiene otros matices sobrentendidos. Si no eres parte de una comunidad protestante-orangista-loyalista, no pintas nada, y así lo entienden todos los que no comulgan con esta especie de orgía político-religiosa (entre los que hay gente sensata de todas las religiones y tendencias políticas), que dejan las calles a merced de esta minoría ruidosa.

Por la noche, consigo ir la quema de la hoguera que está más cerca de casa junto con un amigo italiano. El espectáculo es aún más extraño que durante el día, pues ahora una especie de banda de musculosos tatuados intenta interpretar, con pífanos, tambores y platillos, una sucesión de marchas militares y canciones patrióticas cuya letra no consigo entender. Los estribillos de las diferentes composiciones son coreados por la multitud embriagada, en sentido estricto y figurado. Los niños más pequeños, entre los que se incluye un pelirrojo pecoso que toca los platillos con un afán admirable, son los únicos que no llevan una botella de cerveza o de sidra en su mano. No hay mucha gente, y nosotros intentamos pasar desapercibidos mientras tomamos fotos y hacemos algún vídeo, aunque cualquiera podría fijarse en que somos probablemente los únicos que no bebemos. Afortunadamente veo que no somos los únicos observadores, y a unos metros de distancia diviso a un chino solitario que hace fotografías y escribe en el móvil, paradójicamente casi sin prestar atención a aquello que está documentando. Mientras la banda sigue tocando y la multitud coreando, dan las doche de la noche y alguien se ha acordado de encender la hoguera, y el fuego de la base comienza a ascender la torre de palets. A pesar del resplandor, cada vez más intenso, conseguimos divisar en el cielo varias columnas más de humo negro, que indican el emplazamiento de otras hogueras por toda la ciudad.

El viento racheado va rolando, cambiando el recorrido de las pavesas y alternando el grupo de personas que grita de emoción cuando se advierten partícipes de esta orgía de fuego y patrioterismo al ser rociados por la ducha anaranjada.

Cuarenta minutos han pasado de la medianoche, la gente sigue hablando y bebiendo y se oyen muchos fuck!,  pero ya no hay música y las llamas han perdido la mitad de su altura, aunque ahora el calor es más intenso, lo cual hasta se agradece pues la noche es fría. No parece que haya mucho más que ver y decidimos retirarnos, al igual que el chino, al que hace ya un rato que no vemos. Pero excepto él y nosotros, nadie más parece tener prisa, o sueño, o ganas de terminar lo que sea que están haciendo.

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Paseando por Rumanía

Ya sea siguiendo las huellas de Trajano y la conquista romana de Dacia ya buscando los historia detrás de la leyenda de Drácula, o simplemente por la nostalgia histórica de saberse en los confines orientales Imperio Austrohúngaro, Rumanía merece unos días de visita si has tenido que desplazarte hasta allí, digamos, por ejemplo, porque a alguien se le ha aocurrido…. invitarte a una boda en Bucarest.

-Ruta Trajana-

Dado que las andanzas e incursiones de los romanos hacia la Dacia solían comenzar desde la provincia de Moesia Superior, un buen punto de partida son las Puertas de Hierro (Portile de Fier), gargantas del Danubio que se extienden a lo largo de varias decenas de kilómetros ofreciendo al viajero un sobrecogedor espectáculo de agua, montaña y cielo. Angosta y angustiosa por momentos, esta eterna frontera natural, división de mundos en el pasado y de países en la actualidada puede ser recorrida en coche tanto en su parte rumana como en la Serbia, si bien es desde la primera desde donde disfrutaremos mejor de la contemplación de la…

Tábula Trajana

Conscientes siempre los romanos de la grandeza de sus obras y de la necesidad de legarlas a la posteridad, esta inscripción en piedra conmemora el final de la construcción de la calzada que que Trajano se empeñó en construir venciendo montañas y adversidades para poder transportar sus legiones hasta la el Danubio y afrontar con garantías de éxito el asalto final a la Dacia. La placa conserva, casi 2000 anos después, la inscripción original, aunque no el emplazamiento, ya que fue elevada unos cuantos metros para evitar que fuera ocultada por la subida del nivel de las aguas tras la construcción de la presa aguas abajo. Justo enfrente de la placa conmemorativa, y por lo tanto en la orilla rumana encontramos a…

Decébalo

Con Decébalo, Agosto 2009

Con Decébalo, Agosto 2009

O más bien su cabeza, de colosal tamaño: mas de 50 metros de altura (las cabezas del Monte Rushmore miden 18m). Es un proyecto emprendido y financiado por un conocido y controvertido abogado, hombre de negocios, e historiador rumano, Iosif Constantin Drăgan, que invirtió 10 años de su vida y cerca de 1 millón de dólares en erigir este monumento y rendir homenaje al último rey de los dacios, finalizándolo en el año 2004. Dejó constancia de su autoría en la parte baja del monumento, en latín.

Siguiendo el Danubio, aguas abajo, y poco después de pasar la presa, llegamos a la ciudad de Drobeta Turnu-Severin. Dos veces al menos he pasado por esta ciudad y nunca me he detenido en ella mas que para contemplar una de las más grandes obras de la Antigüedad…

El Puente sobre el Danubio, de Apolodoro de Damasco.

Lo que hasta entonces parecía imposible…siguió siendo imposible cientos de años más tarde, y sólo la intrepidez de Trajano y la pericia de su arquitecto Apolodoro de Damasco hicieron que durante un tiempo el Danubio fuera vadeable por las legiones para conquistar nuevos territorios y llevar al Imperio Romano a su máxima extensión. Y fue aquí, en Drobeta Turnu-Severin, donde el Danubio se ensancha haciéndose menos profundo, donde, tras numerosos estudios y consideraciones, el arquitecto explicó a un seguramente incrédulo emperador que levantaría un puente con sólo 20 pilares de piedra para cubrir la distancia de 1100m entre las dos orillas. Y que lo haría en sólo dos años.

La primera vez que pasé por aquí hice esta foto

La primera vez que pasé por aquí hice esta foto

A pesar de que el puente fue destruido seguramente por los propios romanos cuando abandonaban la Dacia 250 años más tarde ante el empuje de roxolanos y demás tribus bárbaras, durante más de un milenio no hubo un puente que superara en longitud al construido sobre el Danubio por empeño de Trajano. Hoy se pueden contemplar los restos del primer pilar de cada orilla y, cerrando los ojos, dejar volar la imaginación y ver a las legiones de Roma encabezadas por Trajano cruzar orgullosas el puente dirigiéndose hacia…

Sarmizegetusa.

Capital dacia, estratégicamente construida en medio de los frondosos bosques de los montes Orastie, fue asediada y finalmente conquistada por Trajano, que no la destruyó sino que la relegó al olvido trasladando la capital de la nueva provincia romana a 40 km de distancia, en un lugar más acorde con las necesidades de los ciudadanos romanos. Prácticamente olvidada como si de otra “alesia” se tratara, en el verano de 2009 había allí un pequeño destacamento de arqueólogos, y se observaban la muralla circular exterior así como pavimento y varios lugares de culto sagrado, sin duda modificados. Desde entonces, una autopista y su correspondiente indicación hacia el lugar han aparecido junto a Caransebes, la ciudad más próxima, facilitando enormemente su localización y acceso. Quitándole también, por qué no decirlo, algo de misterio y emoción al camino hasta allí.

Recreación palentina de la conquista de Sarmizegetusa. Trajavo s eencuentra con Decébalo en la muralla

Recreación palentina de la conquista de Sarmizegetusa. Trajavo s eencuentra con Decébalo en la muralla

Más fácil de encontrar resulta la nueva capital que Trajano inició y que Adriano continuó…

Colonia Ulpia Traiana Sarmizegetusa.

Pues en la actual Rumania se sigue llamando asi, Sarmizagetusa. En ella podemos encontrar los restos del anfiteatro y de otros edificios comunes en cualquier ciudad romana.

Y para terminar la ruta,teniendo en cuenta que habremos aprendido un montón de cosas que antes no sabíamos sobre Trajano y las guerras dácicas, lo mejor que podremos hacer es ir a Bucarest y visitara el…

Museo Nacional de Historia de Rumanía.

A la entrada de este elegante edificio de la Calea Victoriei nos recibe el mismo Trajano. Bueno, una horrorosa estatua que dice representarle, y que es copia y realizada por el mismo autor que la que se encuentra…en Sevilla. En la orilla derecha del Guadalquivir, aguas arriba del puente de Isabel II, para más señas.

Pero es en el interior del museo donde está lo interesante: la Columna Trajana de Roma “desenrrollada” y explicada. Una réplica, claro, pero muy útil para contemplar cómo el propio Trajano nos explica el camino de las legiones conquistadoras, la construcción del puente y la toma de Sarmizegetusa, entre otras cosas.

-Ruta Draculiana-

Aunque de Vlad Țepes se sabe más por la leyenda que Bram Stoker construyó con su personaje de Drácula, hay sitios en Rumanía, menos turísticos que los asociados al conde chupasangres, pero que son más interesantes desde el punto de vista histórico, para acercarnos al famoso voivoda de Valaquia, azote de otomanos durante el s.XV.”

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Las casas del dictador

Casa de Hoxha en Tirana

Casa de Hoxha en Tirana

Cuando me lo dijeron me pareció increíble que esa casa no me hubiera llamado la atención antes; un chalet de tres pisos y un gran terreno ajardinado en medio de un ajetreado barrio de hoteles, restaurantes y torres de oficinas. Y embajadas. Creo que en los tres días que llevaba paseando por aquella zona y alojado en un hotel en la manzana adyacente mis ojos no se pararon en la casa de Enver Hoxha porque debí de asumir que se trataba de una embajada, ya que en la misma manzana había varias, y lo cierto es que llamaba más la atención por la noche, cuando se encendían las luces de los lugares de moda del Blloku.

El Blloku (bloque, en albanés) es el nombre por el que se conoce al barrio de Tirana que estaba destinado exclusivamente a las viviendas  de los dirigentes del partido comunista y totalmente prohibido para el resto de los ciudadanos del país hasta 1990. El dictador Hoxha y sus camaradas se apropiaron de una gran parte de lo que hoy es el centro de la capital, y lo convirtieron en su olimpo particular, al que el resto de albaneses, mortales, no tenían acceso, al igual que no tenían acceso, por ejemplo, a un automóvil. Los recuerdos de los albaneses sobre la caída del régimen son muy diferentes al del resto de los países del bloque soviético, para los albaneses el shock significó que, de un día para otro, podían pasear por las calles del centro de su capital, y podrían empezar a hacerlo en coche unos meses más tarde.

La mayoría de las casas de los jerifaltes del partido no existen ya o han sido reutilizadas como embajadas y edificios oficiales, y el Blloku se ha convertido en el lugar de moda al que los habitantes de Tirana van a disfrutar de su ocio, pero la casa del que fuera durante 40 años el líder supremo de los albaneses permanece, como si el tiempo se hubiera detenido en ella, de hecho, parece como si la señora Hoxha acabara de bajar las persianas justo antes de que toda la familia se vaya  a pasar unas vacaciones; el jardín está correctamente cuidado, la pintura de la fachada y de las verjas impecable, cualquiera pensaría que la casa está habitada actualmente, eso sí, por nostálgicos de los años 80.

Unos te dicen que se está pensando convertirla en museo, otros que  se va vender para construir algún hotel o algo más acorde con la zona, pero parece ser que esta incertidumbre, que a las nuevas generaciones parecen no interesarle lo más mínimo, es fruto de la indecisión del gobierno, que no sabe qué uso darle. Mientras tanto, ni los nostálgicos (que los hay) ni los de la memoria histórica (que no sé si los habrá) parecen tomar cartas en el asunto, y de momento el edificio es respetado por todos y conservado como el corpus incorruptus del comunismo albanés y de una de las peores épocas de la Historia del país.

La otra casa de Hoxha que tuve la oportunidad de conocer estaba más escondida aunque parece ser que siempre había habido rumores sobre su existencia, y esta vez nadie me tuvo que hablar de ella pues una semana antes de mi segunda visita a Albania pude leer en la prensa española (una noticia sobre Albania fuera de Albania ya es de por sí noticia) que el gobierno albanés sí había decidido esta vez hacer algo al respecto: descubrir al público el  el gran búnker que Hoxha hizo construir en los alrededores de Tirana. Pero no lo desvelaban todo, al menos para los extranjeros, pues aunque el búnker y la exposición que albergaba se mencionaban incluso en la página oficial de turismo del gobierno albanés, no te decía cómo llegar, simplemente una vaga indicación que sumado a la falta de mapas precisos, quitarían las ganas a más de uno. La recepcionista del hotel no tenía ni idea de qué le hablaba y después de hacer un par de llamadas insistió en que de ninguna manera debería de ir yo sólo, y que lo mejor que podría hacer era ir en taxi. Casualmente ella me ofreció los servicios de uno que me haría un buen precio y me esperaría hasta que saliera del búnker.

No tenía pérdida...una vez que ya estabas al lado

No tenía pérdida…una vez que ya estabas al lado

Zamir llegó al rescate en el momento apropiado y ante la cara de sopresa y decepción de la mujer partimos a la búsqueda de secreto lugar, y tras unas vueltas en coche y un par de preguntas con las indicaciones adecuadas como respuesta, al girar una esquina llegamos a una calle recta y en pendiente, toda franqueada por carteles anunciadores del búnker situados a apenas tres metros el uno del otro, que moría a las puertas de un recinto militar, donde los soldados que montaban guardia se mostraron muy amables al ver mi pasaporte extranjero, o tal vez su contento venía solamente por el hecho de ver gente, pues a juzgar por lo poblado del aparcamiento al que llegamos tras franquearnos el paso, el histórico y enigmático lugar no parecía tener mucho poder de convocatoria. En dicho parking estaba, eso sí, el coche de Hoxha, con multa y todo.

Coche de Hoxha con multa de aparcamiento y entrada al bunker

Pensé que probablemente el gobierno albanés había calculado mal el atractivo que podía tener una exposición en un búnker secreto y el búnker en sí -por muy grandioso que sea-…en un país donde se puede ver un búnker asomándose a la carretera practicamente cada kilómetro y cuyos habitantes por fuerza se han acostumbrado a ellos. Así que nos adentramos en el bloque de hormigón en solitario y pronto apreciamos las exageradas dimensiones del complejo: más de 100 habitaciones distribuídas en cinco plantas a una profundidad máxima de 100 metros. El dictador quería tenerlo todo preparado para poder sobrevivir, él, su familia, amigos y los miembros destacados del gobierno y las instituciones, a un posible ataque nuclear que podría venir, según sus analistas y consejeros de la época, de cualquier parte, una vez que el régimen comunista de Albania rompió relaciones con la URSS, luego con China, se salió del Pacto de Varsovia y se encontró completamente aislado en medio de los dos bloques de la Guerra Fría. Pero no sólo se trataba de sobrevivir al más que probable ataque, también había que continuar gobernando, así que el búnker disponía incluso de una sala de considerables dimensiones destinada a reuniones del partido o del gobierno.

Entrada al superbúnker

Entrada al superbúnker

Plano del búnker, se observa la gran sala de reuniones

Plano del búnker, se observa la gran sala de reuniones

Todo estaba previsto, y por supuesto no faltaba la comodidad para enver Hoxha y los suyos. En las habitaciones señaladas como la residencia del dictador y su famillia destacan los revestimientos de fibra de vidrio, muy cara en aquella época, que cubren las paredes de hormigón proporcionando aislamiento y protección. Dichas estancias, están hoy equipadas de muebles y aparatos sin lujos que pretenden ser los auténticos de la época, y aunque cuesta creer que se hayan conservado intactos y en su sitio durante tanto tiempo, visto lo ocurrido con la casa del Blloku y teniendo en cuenta que el búnker no llegó a ser usado nunca y que se encuentra en una restringida zona militar, bien pudiéramos estar contemplando lo mismo que vio Hoxha cuando inauguró el búnker a finales de los 70.

El despacho del jefe estaba equipado con paredes revestidas de fibra de vidrio

El despacho del jefe estaba equipado con paredes revestidas de fibra de vidrio

dictator's retrete

dictator’s retrete

Además del interés histórico del edificio y de las instalaciones, muchas de las estancias del complejo mostraban obras de arte (Bunk’Art) inspiradas en lo que le sugería el búnker y las circunstancias en las que fue construido a artistas locales, y en otras muchas se exponían documentos, fotografías, uniformes, armamento y equipos de comunicaciones de diferentes épocas de la historia de Albania, con especial atención a la época de las dos invasiones de los italianos -la primera, amistosa, durante la cual se diseñó y construyó todo el centro de la actual Tirana, y la segunda, con los masivos desembarcos en la costa albanesa-, al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y la resistencia partisana, y al período comunista.

Ceausescu entre los amigos

Ceausescu entre los amigos

documentos y objetos de la reciente historia de Albania

documentos y objetos de la reciente historia de Albania

documentos y objetos de la reciente historia de Albania

documentos y objetos de la reciente historia de Albania

Búnker con ventanas, malo es de guardar

Búnker con ventanas, malo es de guardar

A todo esto, parecía que los albaneses no es que no estuvieran interesados en el búnker, es sólo que no les gusta madrugar, pues los pasillos y salas de la instalación estaban cada vez más llenas de gente, lo que impedía disfrutar comodamente de las exposiciones. Mucha gente adulta se detenía en una de las salas en la que un televisor de fabricación china (en eso los albaneses fueron pioneros, pues ya en los años 60 casi todos sus televisores, teléfonos, transformadores eléctricos y maquinaria agrícola provenían de China) emitía en bucle imágenes de los funerales de Hoxha mostrando las inmensas colas en la calle para rendir el último homenaje al dictador y muchas personas llorando desgarradas frente al féretro. “Yo estuve ahí.  Mi universidad estaba al lado así que hice cola para entrar a despedirle”, dijo alguien en inglés entre orgulloso y justificándose.

televisión china mostrando al líder

televisión china mostrando al líder

Terminamos el recorrido en la gran Salla e Kuvendit, el salón de actos donde se hubieran tenido que reunir el gobierno y los encargados de gestionar la crisis después del ataque nuclear. Justo antes, me tomé un café y firmé en el libro de visitas bajo fotos de la reciente del Papa Francisco colgadas en las paredes, que si bien no tenían nada que ver con todo aquello, no me resultaron fuera de lugar, después de toda aquella visita. Al volver a la luz del día, todo era diferente: el sol brillaba imperial y todo estaba lleno de gente, familias enteras riendo y charlando, entrando y saliendo del búnker con una alegría propia de los ilusionantes días de 1990. Pero como mi coche y el de Hoxha estaban ahora rodeados de típicos Mercedes albaneses, me di cuenta de que estábamos en 2014 y de que no quedaba otra sino irnos a comer a la playa para aprovechar la tarde y el sol de diciembre.

Assembly room

Assembly room

Un búnker junto al Búnker

Un búnker junto al Búnker

Comida en Durres

Comida en Durres

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Un poco de Kosovo

La niebla se espesaba a nuestro alrededor a medida que nos acercábamos al túnel, y a mi lado podía adivinar la orgullosa expresión en la cara de Zamir: “Se diría que estamos en Holanda, ¿no te parece?”, había repetido enérgicamente varias veces en cuanto entramos la autopista y nuestra velocidad aumentó, por primera vez en toda la semana, hasta los 120 km/h. Yo confirmaba cada vez su apreciación (a pesar de que no entendía por qué precisamente compararse con Holanda, si había viajado bastante por las autopistas de Francia, e incluso por China) y él reía satisfecho. Volvíamos de Bajram Curri a Tirana y la noche anterior decidimos no madrugar, asumiendo así que no podríamos coger el ferry hasta Komani, y para no atravesar de nuevo las montañas hasta Shkoder nos decantamos por hacer la ruta fácil: pasaríamos por Kosovo.

Banderas de Kosovo y Albania

Ya en mi anterior viaje un mes antes estuvimos valorando ese trayecto, aunque al final lo descartamos porque alguien no tenía los papeles del coche en regla como para que los revisaran en la frontera. O eso entendí yo. El caso es que yo entonces había consultado el único mapa fiable del que disponía, internet, y no lo comprendía, el trayecto recomendado siempre incluía la infernal carretera de los búnkers y las lápidas, así que decidí forzar la ruta pasando por Kosovo y … efectivamente, el resultado era que con esa opción haríamos unos 40 km más pero tardaríamos menos; ya al día siguiente, en la carretera, descubrí que el hecho de que existía una autopista, ésta por la que circulábamos, de cuya existencia Google no tenía por qué estar enterado, al fin y al cabo Albania ese ese pequeño rincón de Europa del que los europeos sabemos poco o nada, y del que no nos ocupamos más que cuando hay problemas; ni siquiera hay mapas para los GPS tradicionales, por no decir que el mapa que te facilitan en las agencias de alquiler de coches parece más bien el típico de un parque de atracciones o un aquapark, lleno de pictogramas y vacío de contenido útil para conducir.

En Gjakova

En Gjakova

“¿Dónde están todos los coches ahora, eh?”. Otra vez esa potente voz seguida de la risa de satisfacción. Lo cierto es que apenas adelantábamos ningún coche en dirección a Tirana, y eran menos aún los que venían de frente, hacia Pristina. No quise arruinar el momento de orgullo albanés de Zamir, iniciando el debate sobre la utilidad real de aquella costosa infraestructura que aparentemente no tenía mucho uso, y simplemente confirmé que eso pasa muchas veces, lo que crees que es un tráfico denso por una carretera a veces se convierte en un desierto al construir una autopista.

En Gjakova, Kosovo

Pero en mi cabeza no dejaba de pensar cómo era posible que en un país donde ni siquiera han sido capaces (o no han tenido recursos para ello) de articular una red de buenas carreteras para comunicar las principales ciudades, exista una magnífica autopista que una Tirana con Pristina, la capital de un estado cuya independencia es reciente y todavía negada por muchos países, entre ellos España o Brasil. Quizá tenga algo que ver con la abundancia de banderas albanesas que se observan por todas partes en Kosovo. ¿Puede el nacionalismo albanés obrar el milagro de que brote el dinero donde antes no lo había, para construir grandes viaductos y profundos túneles?. El túnel, la joya de la corona. “WELCOME TO THE TUNEL” reza el luminoso que se nos aparece 20 metros de distancia, pues la niebla no deja ver más allá. “Es un gran túnel, de más de 7 kilómetros de largo, ¡de hecho son dos túneles paralelos, uno en cada dirección!”. Zamir es optimista, a pesar de sus 53 años y de lo que supongo que le ha tocado vivir, ni habla mucho del pasado (al menos con los extranjeros) ni parece tener ninguna duda de que el futuro será mejor. Por eso le pregunto directamente si cree que el futuro de Kosovo es unirse a Albania. Su rápida respuesta me indica que para él, como para la mayoría de albaneses, parece ser sólo una cuestión de tiempo, y asumen que todo el territorio acabará en manos de los “autóctonos”, como se puede leer en multitud de banderas, bufandas y todo tipo de souvenirs con el perfil un mapa con la actual Albania agrandada con Kosovo y otros territorios. No entra más a fondo en el tema, al menos conmigo, extranjero.

Los de aquí de toda la vida.

Pintada en la “Pirámide” en Tirana

Su discreción es tal, que ha tardado muchos kilómetros y mucha conversación en decirme lo que dijeron los policías al sellar mi pasaporte: “España no nos conoce, pero ellos tienen la misma situación allí”. Yo me limité a comentarle al respecto que el nacionalismo es de nuevo, lamentablemente, un problema en toda Europa.

Frontera Albania-Kosovo

El comentario del policía fue la única consecuencia originada por mi pasaporte, a pesar de que yo seguía teniendo, 6 años después de mi primera frustrada incursión en Albania y Kosovo (Euroviaje 2008), curiosidad por ver si un país deja atravesar su territorio a un ciudadano de otro que niega la existencia del primero. La víspera Zamir me había tranquilizado diciendo que para eso estaba él conmigo, y que, en caso de problemas, nos dábamos la vuelta y atravesábamos las montañas. Al día siguiente, tras cruzar el puesto fronterizo sin novedad, en la primera señal de tráfico en Kosovo alguien había pintado “REAL MADRID”, como si, adivinando mis pensamientos y riéndose de mis temores, alguien hubiera querido recordarme que la vida sigue su curso y prevalece, a pesar de la política.

Casi toda Europa reconoce la independencia de Kosovo, y probablemente parte de la financiación de la autopista procede de fondos de la UE, aunque esto es solo una suposición, pues no observé ninguno de esos típicos carteles de los fondos europeos. Tampoco se aprecian los efectos de los fondos en Gjakova, ciudad donde paramos a desayunar, y sí que se ve bastante miseria y abandono, no sé muy bien si son los efectos todavía de la guerra, los de la crisis mundial, los de la crisis del € (Kosovo lo adoptó incluso antes de su independencia) o un poco de todo.

La guerra está presente, y mucho, recordándonos que no hace tanto que acabó ese largo conflicto europeo que se inició y se cerró en los Balcanes; si en Belgrado me sorprendió ver una calle dedicada a Gavrilo Princip, en Kosovo abundan los homenajes a miembros del  UCK y los cementerios de guerra.

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¿Recuerdos inocentes del principio y el final del largo siglo de guerras, o semillas de odio para rencillas futuras?

Estos pensamientos desaparecieron rápidamaente cuando la realidad de las carreteras albanesas al acercarnos a Tirana me hicieron tener que desactivar la velocidad de crucero y tener que concentrarme en sortear baches, coches, animales y personas. Zamir a mi lado sonreía, volvía a casa y traía además un apreciado producto kosovar, que yo llamé smântână con pimientos. La smântână es habitual en la gastronomía albanesa, como en la mayoría de los países de los Balcanes, pero al parecer esta variedad sólo se encuentra en Kosovo. “Suelo venir una vez al mes y la compro, a mi mujer le encanta”. Seguro que iba a tener un buen recibimiento en casa.

Típico kosovar

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Obersalzberg y el Hotel “Türken”

Dentro del trayecto hacia Rumanía, más relajado, de este año, yo había planeado, un par de etapas bávaras, aunque no es el camino más evidente, para ir de Dieulefit a Bucarest, y pasar una noche en ese histórico y al mismo tiempo bucólico lugar que es Berthesgaden estaba entre ellas. Sin embargo, yo había planeado algo muy diferente a lo que finalmente ocurrió. Para empezar, no podía imaginar que la lluvia que nos sorprendió tres días antes en Lausana nos iba a acompañar durante 1500km y una semana de camino, y que por lo tanto Berthesgaden nos iba a ofrecer una imagen -y unas sensaciones- más propias de Noviembre que de finales de Julio. Lo único que nos recordaba que estábamos en plena temporada de vacaciones estivales eran los turistas. Será por eso que en España algunos ahora han dado en llamar “turismo bélico” (pero que en realidad siempre ha existido, y que no otra cosa más que visitar y conocer lugares fundamentalmente por su historia y por lo que allí aconteció) pero el caso es que nada más llegar al parking del Dokumentation Obersalzberg, aquello más parecía la Place de la Concorde de Paris, por la cantidad de turistas norteamericanos, que un rincón de los Alpes Bávaros. Por la lluvia y el frío también parecía París. Ese frío, esa lluvia y el grotesco espectáculo de las riadas de turistas buscando los autobuses para subir al Kehlsteinhaus (el Nido del Águila) hizo que finalmente…nosotros no visitáramos uno de los objetivos de nuestro viaje hasta allí. La próxima vez será.

Día de verano en Obersalzberg

Día de verano en Obersalzberg

Aparte de los americanos, alemanes, muchos alemanes. Como si el proceso de desnazificación continuara 70 años después, y ésta fuera una de las localizaciones recomendadas para completar el “tratamiento”, todo está orientado en el Dokumentation a contar y a explicar a los alemanes aquel periodo de su historia, los diferentes paneles expositores con documentos originales y fotografías sólo están escritos en alemán, y los breves panfletos en otros idiomas apenas traducen y explican una mínima parte de todo el material expuesto y la traducción es muchas veces tan pésima que más conduce a la confusión que a entender lo que allí se expone, como si al Gobierno Alemán y demás promotores del lugar les interesara muy poco que los no germanoparlantes comprendiaran lo que allí se muestra. Los documentos audiovisuales, muy ineteresantes por ser grabaciones de la época de discursos de Hitler y de boletines de noticias o comunicados de radio, tampoco se encuentran transcritos a ningún otro idioma; todo para alemanes, aunque esta intención aparentemente educativa lleve a veces a los propios alemanes a conclusiones muy diferentes de las que inicialmente se pretende, como contaré más tarde.

La visita al Centro de Documentación se completa con un paseo por el búnker -una pequeña parte al menos-, que ocupa practicamente todas las entrañas de la montaña y que conectaba los diferentes edificios que, en la superficie, rodeaban al Berghof, edificios que en su mayoría fueron “adquiridos” por Martin Bormann para que él y los demás jerarcas del Berghof estuvieran a tiro de “pasar a tomar un café” del querido líder, tal y como se cuenta en un interesante documental, esta vez sí, traducido también al inglés. Todas esas construcciones fueron objeto de intensos bombardeos al final de la guerra, y lo que quedaba de ellas fue demolido rapidamente en los meses siguientes, quizá para evitar que se convirtieran en lugares de peregrinación de nostálgicos (el Dokumentation, por ejemplo, ocupa el lugar de la casa que ocupaba Borman). ¿Todas?. No, hubo una que fue reconstruida desde sus ruinas gracias a la tenacidad y persistencia de sus antiguos dueños. Es el Hotel “Türken”.

Hotel Türken en Obersalzberg

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Cuando la propietaria, Monika, nos abrió la puerta aquella tarde, ni su cara ni sus palabras eran excesivamente amistosas.

– Buenas tardes señor, esta es su llave, no se la olvide nunca en la habitación, de lo contrario no habrá forma de que vuelva a entrar en el edificio, sobre todo después de las 7. No abran tampoco la puerta de la calle a nadie, y cada huésped tiene su propia llave. ¿Qué huéspedes? Allí no se veía a nadie más y sólo nuestro coche estaba aparcado delante de la entrada.

Yo había reservado una noche en el hotel “Türken”, a pesar de no comprender el por qué del elevado precio; tampoco había demasiada información del mismo en Internet ni la gente de Salzburgo a la que pregunté parecían concer el lugar, pero yo tenía interés en pasar una noche en Berthesgaden y en algún sitio había leído que la historia del Türken era interesante, aunque en ese momento, después de que Frau Monika Scharfenberg nos dejara solos, la palabra que definía aquello era tétrico: los pasillos y las habitaciones del hotel parecían más un antiguo sanatorio que un hotel (también por su extrema limpieza, todo hay que decirlo), no se oía ni un solo ruido, por las ventanas entraban las luces de un atardecer tormentoso y de las paredes del salón de la planta y del resto de estancias colgaban fotos en blanco y negro de personas serias con caras antiguas.

En el salón del Türken

Después de explorar un poco el edificio, buscamos de nuevo a la dueña pra preguntarle ciertas cosas, y ella nos salió al encuentro detrás de una reja que dividía la entrada y los salones, de la cocina y otros salones donde habíamos hecho el registro en el hotel. A pesar de estar hablando con ell durante más de cinco minutos seguidos, ni se le ocurrió abrir la verja, y parecíamos visitantes en un convento de clausura en vez de huéspedes de un hotel. La dejamos ir a sus dependencias detrás de la verja y nos fuimos hacia el salón principal. Allí encontramos un juego de cartas y nos servimos unas cervezas en el bar que había junto al salón – Frau Scharfenberg nos dijo que podíamos coger cualquier cosa siempre que lo anotáramos en la libreta-, en el que sonaba una radio con canciones típicas bávaras sin interrupción, lo que hacía la atmósfera todavía un poco más siniestra.

Al cabo de un rato, vemos a alguien fuera, pasar por delante de la ventana del salón, en direcciónn a la puerta. Entran en la casa (con su propia llave) y nos encuentran en el salón, bebiendo, jugando y con nuestra animada música sonando sin parar. Nos cuentan que ellos están encantados, es su segunda noche, y nos pasan el librillo donde se cuenta muy detalladamente la historia del hotel, el cual nos insisten en leer: el relato cuenta cómo el lugar siempre fue conocido con el nombre que ahora tiene debido a que el propietario del terreno partió (y volvió) a la guerra contra los turcos, y cómo por esta razón el bisabuelo de la actual propietaria llamó así al hotel que montó adquirió el terreno y lo transformó en un exitoso lugar de comidas y pernoctas, que vio pasar a ilustres personajes de la primera mitad del s. XX, entre ellos, Hitler y los jóvenes nazionalsolcialistas, cuyas proclamas se oyeron entre aquellas paredes. Mr. Schuster, que así se llamaba, vió cómo la casa que quedaba justo debajo de sus establecimiento se convirtió en aquel lugar de peregrinación llamado Berghof, y resisitió numantinamente cuando llegaron los malos tiempos, pero finalmente, y tras pasar por muchas penalidades (fue encarcelado en Dachau) a causa de su obstinación, tuvo que deshacerse del Türken por una cantidad muy inferior a su valor real y ver cómo éste pasó, con unas ligeras reformas, a convertirse en el cuartel de la guardia personal de Hitler durante sus temporadas en Berthesgaden.

25/04/1945 Raid aéreosobre Obersalzberg y el Türken tras el bombardeo

25/04/1945 Raid aéreo sobre Obersalzberg y el Türken tras el bombardeo

Murió en 1934, poco después de deshacerse del hotel, por lo que no tuvo que ver cómo, al igual los demás edificios del complejo nazi de Obesalzberg, el ¨Türken” sufrió los intensos bombardeos de 1945 que lo dejaron completamente en ruinas. La fuerte voluntad de Therese, la hija de Karl Schüster fue lo único que hizo que hoy podamos ver el edificio prácticamente como era pues, tras largas luchas judiciales, consiguió que el Gobierno Bávaro se lo vendiera (!) a pesar de los esfuerzos oficiales por tenerlo bajo control y posteriormente derruirlo, como el resto del complejo, dentro del proceso de desnazificación de Berthesgaden y Obersalzberg. Según nos contó Frau Scharfenberg todavía hoy recibe bastantes presiones para que cierre los accesos al búnker desde el hotel, pues a la Administración no le hace demasiada gracia que nostálgicos y curiosos puedan visitar algo más “auténtico” que la parte de búnker oficial que se visita desde el Dokumentation, y le han hecho tapiar las galerías justo donde acaban los límites de su propiedad, puesto que daban acceso a las dependencias personales de Hitler, Eva Braun y Martin Bormann. Es por ello, para evitar problemas, que tampoco se hace demasiada publicidad en la red, ni en las centrales de reservas de hoteles.

Sin embargo, los curiosos llegan. Cuando los otros dos huéspedes del hotel se retiraron a sus aposentos y nos volvieron a dejar solos en el salón era ya de noche, y aunque tras hablar con ellos y saber algo más -y comprender- el lugar y su circunstancia ya nos habíamos familiarizado con esas paredes llenas de historia y de retratos de difuntos (ahora sabíamos que era Therese Schuster la que nos intimidaba con ese serio semblante) nos sorprendió la entrada de otro personaje en el salón. Con un marcado acento alemán y una gran sonrisa, el recién llegado nos invitó a comer pizza con “ellos” en el comedor, después de interesarse por nuestra procedencia y entrar en el bar a llevarse unas cuantas cervezas. Tras unos minutos nos unimos a ellos, puesto que a pesar de todo todavía era pronto y sentíamos la necesidad de tener algo de compañía antes de que llegara una hora decente para irse a dormir.

De los cuatro sentados en el rincón redondeado del comedor (el mismo que se ve en la foto de las ruinas del hotel en 1945), tres alemanes y un francés bretón, nuestro anfitrión llevaba la voz cantante y nos estremecía de vez en cuando con su risa profunda. El que estaba a su derecha parecía ser el responsable del grupo, o al menos era el que conseguía censurar al otro sólo con mirarle cuando consideraba que éste hablaba más de la cuenta. Me recordaba al personale de Rastapopoulos de los tebeos de Tintin pero sin monóculo. A su derecha estaba un tipo con parecido a uno de los hermanos Fratelli de los Goonies. El cuarto, el francés, no tenía cara de francés, y no dijo ni una palabra, por lo que no pudimos comprobar si realmente lo era. Como además parecía entender lo que los otros tres hablaban en alemán, todavía dudamos más. Estaban muy interesados en saber qué hacíamos allí, y por qué nos habíamos alojado en el Türken. Nos hicimos un poco los locos, fingiendo que no sabíamos absolutamente nada del lugar, así que empezó a contarnos cómo ellos habían venido, porque les gustaba la Historia, buscando cosas “reales”, porque el Gobierno nos cuenta sólo lo que quieren que sepamos de Hitler, la guerra y el Berghof, pero hay mucho más detrás. Nos contó que llevaban ya cuatro días en el hotel, durante los cuales y ayudados de un mapa marcado con los lugares de interés recorrían la zona buscando vestigios auténticos de la época. Un poco tarde, pensé yo, con la cantidad de turistas que hay, seguro que no queda nada. No nos contaron si habían encontrado algo realmente interesante, pero nos enseñaron algunas fotos, y volviendo a lo histórico del lugar donde nos encontrábamos, nos llamó la atención sobre, por ejemplo, el hecho de que la mesa donde comían pizza ahora mismo había sido usada por soldados de la Gestapo hacía 70 años…y entonces la conversación giró hacia nuestra opinión, y la opinión en general de los extranjeros, sobre los alemanes (acababa de ganar Alemania la Copa del Mundo y estaba reciente la polémica de los jugadores teutones “burlándose” de los argentinos) puesto que ellos veían como que todo lo que hacían los alemanes era observado y juzgado desde un punto de vista muy severo, de manera que enseguida se les llamaba “nazis”, y de todas las mentiras que se habían vertido sobre Alemania, algunas demasiado evidentes: ¿seis millones? venga ya…¡es casi materialmente imposible! un millón o dos, a lo sumo, pero… ¿seis?…no puede ser. Y yo he estado en Auschwitz, he visitado aquello, ¿has estado?. Sí, sí, la verdad es que no me gustó nada…Bueno, pues allí no se encontró ni rasto del Zyklon-B, ¿sabes que esa sustancia deja muchos restos en la piel e incluso en los huesos, restos que pueden ser encontrados muchos años después? Bueno, pues allí no se encontró ni un cuerpo con restos del gas. Nos cuentan sólo lo que quieren, por eso nosotros intentamos venir a sitios como este a ver qué hay de verdad, pero si decimos esto a mucha gente, y hablamos en alemán, nos llaman automáticamente “nazis”. Y así un rato más.

la parte visitable

la parte visitable “oficial” del búnker

Si Frau Scharfenberg quería evitar esta clase de curiosos y de huéspedes tan interesados por la Historia, me parece que lo tiene difícil, sobre todo hoy en día con la difusión rápida y fácil por las redes sociales.

Al amanecer, después de desayunar, tuvimos unos minutos de agradable conversación con ella, durante los cuales pudimos acabar de entender todavía más su manera de ser y de llevar el negocio. Acabó regaláandonos alguna de las fotos que ilustran este relato, y nosotros le dimos a cambio un billete de 1 Leu, ya que le gustó lo de que fuera de plástico y le encantó la flor que lleva impresa, “la más típica de por aquí, nos dijo”. Nos despedimos muy amistosamente y prometimos volver algún día y recomendárselo a la gente adecuada, pues nuestra experiencia, en sólo un día, había sido muy intensa y satisfactoria.

curioso documento colgado en las paredes del Türken. Del Consulado de Islandia en Fuengirola.

curioso documento colgado en las paredes del Türken. Del Consulado de Islandia en Fuengirola.

Balcón justo sobre el Berghof

Balcón justo sobre el Berghof

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Casablanca

La única vez que vine a Marruecos fue también Casablanca mi destino. Aquel día no me fije en el magnifico espectáculo de tierra, nubes y montañas que se contempla al realizar la aproximación al Mohamed V. Lastima no haber estado en ventanilla para hacer una foto.

El resto, como lo recordaba. Cielo azul, mucho sol, y las cosas, lentas. En la oficina de alquiler de coches del aeropuerto, un escudo del Madrid preside un ventanal. Como lateral derecho está Mohamed V  Hassan II [pequeño lapsus, ops, qué corte!…entre que el aeropuerto se llama Mohamed V….y que este es el primer post escrito desde el teléfono…valen como excusas?], y a la izquierda el hijo, Mohamed VI.

Yo creía que en Marruecos todo el mundo era del Barcelona, y mas en estos tiempos. Mañana lo comprobaré.

La habitación del hotel tiene vistas al mar y a la Gran Mezquita. La más grande del Islam, si no recuerdo mal? Bueno, si no, será la segunda.

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